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Juan David Correa
Puntos de vista

El país de Sí

No, no podemos insistir en discursos que pueden ser rebatidos por su propia lógica destructiva: “Esta semana Colombia volvió a 1989”. No, no hemos vuelto a ninguna fecha parecida a hace cuatro, nueve, veintitrés o treinta y cinco años. No, no es la misma sociedad, ni son las mismas herramientas institucionales las que tenemos para proteger a las víctimas, darles agencia a sus causas, buscar personas desaparecidas. No, no es el mismo país tras haber firmado un acuerdo de paz, y a partir de él haber creado una red institucional como la JEP, la Comisión de la Verdad, el Centro Nacional de Memoria Histórica, el Fondo Colombia en Paz o la Unidad para las Víctimas, entre otras, imperfecto, como todo en la vida, pero que ha hecho mucho por reconocer que hemos tardado como sociedad en atender una violencia a la cual no estamos conectados. No, no tenemos un Gobierno que persigue sistemáticamente opositores, que recoge muchachos inocentes en las calles para asesinarlos. No, no somos el país que votó NO a la paz. No, no hay cómo pensar que las palabras desenfrenadas, las discusiones acaloradas, los intercambios procaces, conducen necesariamente a las acciones violentas. No, el país no es una entidad homogénea de gente malvada y asesina. No, no es cierto que este Gobierno haya producido esta desigualdad, esta injusticia social, esta falta de agua, esta racialización, esta exclusión en órdenes económicos y sociales que es incontestable. No, no podemos pensar que regresamos treinta y seis años atrás cuando fueron asesinados tres candidatos presidenciales. No, no es verdad que la causa de este momento sean las palabras y los epítetos desbordados de un presidente que lanza el desafío a los empresarios y al establecimiento, pero que cuando intenta, a su manera, enviar una invitación, reciba como respuesta un NO, “esas NO son formas de invitar, esa NO es la manera de hablar”. No, no es verdad que hoy los partidos políticos de la derecha sean mejores que los de ayer, pues ahora son capaces de desconocer la autoridad del presidente de la República y meterse de una manera infame con su intimidad y fuero privado. No, no podemos pensar que ahora plomo es lo que viene. No, no somos un destino escrito, ni tenemos por qué aceptar esta lógica de la muerte, esta condena a la necropolítica, esta monserga de quienes se sienten con la autoridad moral de señalar, agredir, insultar y empujar a reporteros porque no les gusta el canal que representan. No, no nos hace instrumentales condenar y protestar en contra de un atentado brutal porque todas las vidas valen la pena ser vividas y en este país nadie debería celebrar ninguna muerte, como se hacía en el pasado.

No, este país sí tiene remedio y sí tiene esperanza.

Sí tiene cientos de procesos sociales, organizaciones, comunidades, culturas y saberes que lo demuestran. Sí tiene procesos de décadas de comunidades resistentes, como la de San José de Apartadó, que se han opuesto con civilidad, valentía y fuerza a una guerra causada por un modelo económico que nos sumió en la inequidad, y nos hizo creer que estábamos condenados a vivir de una economía extractivista e injusta, rentista y poco productiva. Es su valor, encarnado en liderazgos que han sido asesinados en una cifra aterradora de más de cuatrocientos en treinta años, el que debe darnos fuerza social para no caer en la trampa del “todo está perdido”, del “volver al pasado”, del “esto solo lo arregla un líder autoritario que nos venda miedo y nos prometa seguridad”.

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