
Caminaba por la Condesa el sábado por la tarde cuando recibí un mensaje de mi hermano: “Y empezó otra vez… qué tristeza de país”. Me detuve, lo llamé y supe la noticia: un atentado. Otra vez. Otro candidato. En segundos desempolvamos recuerdos de 35 años que a veces superaban la ficción. Otra vez el miedo. Otra vez la sirena, el sobresalto, los titulares que uno no quiere leer. El país volvía a doler. Las imágenes no tardaron en llegar —y son de esas que no se pueden 'desver'—: quedarán ahí, como tantas otras, incrustadas en la memoria de una historia que no termina de sanar.
Hay algo especialmente cruel en recibir malas noticias desde lejos. No poder hacer nada. No poder correr, ni abrazar, ni gritar con otros. Solo mirar, tragar en seco, y sentir cómo el país duele… sin que uno esté ahí para sostenerlo.
Sí, el país lo sostenemos entre todos.
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