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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

El ruido y la furia

Hemos llegado al primer cuarto del siglo veintiuno y pareciera que fue hace mucho aquel final del siglo veinte con sus incertidumbres y temores. El miedo del Y2K, aquel pánico al error informático que llegaría con el cambio de dígito el 31 de diciembre de 1999 y que causaría colapsos bancarios, aéreos y tecnológicos de todo tiempo anunciaban, de alguna forma, el ruido de nuestra era. Y como toda época esperábamos también los relatos que dieran un orden a nuestras emociones y definieran y contaran nuestro presente.

Y si bien los tiempos que llegaron fueron vertiginosos, cargados de promesas tecnológicas y científicas, el fracaso humano no se detuvo y, por el contrario, la llegada de las redes sociales exacerbó los discursos de odio y dio megáfono a nuevas formas del narcisismo y el egoísmo. Las guerras no cesaron y llegó una pandemia que amplificó las frases motivadoras de que nos transformaríamos en mejores personas, nos reinventaríamos en mejores seres y ciudadanos solidarios en un mundo que se recalienta y sufre. Nada de eso ocurrió y el mundo se llenó de más alambres de púas y muros y llegamos al cuarto de siglo metidos en nuestras trincheras de batalla.

Pareciera que la sociedad requiere relatos con desenlaces claros donde haya ganadores y perdedores definidos y donde el conflicto sea el eje de esa narrativa. De eso viven los regímenes políticos hoy y desde allí se construyen los discursos de nuestras actuales democracias. La idea es que los disensos predominen y que el insulto sea el eje de la conversación sobre las ideas y los argumentos. Nada mejor que alimentar esos discursos desde la revancha y la venganza. Si en el pasado otros lo hicieron, ahora entonces nosotros cobramos esa viejas deudas. Cero consenso y diálogo para construir un contrato social. Por eso los relatos de hoy necesitan esos desenlaces y que haya un bando de fuertes sobre débiles, de ganadores y perdedores.

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