
Se celebraban sesenta y seis años de la Orquesta Sinfónica Nacional. Los defensores de derechos humanos, periodistas, artistas, músicos y escritores vivían una de las peores estigmatizaciones, persecuciones, exilios y matanzas por miembros del poder ejecutivo y legislativo colombiano y de los ejércitos paramilitares —Elsa Alvarado, Alfredo Correa de Andréis, Eduardo Umaña Mendoza, Jaime Garzón, Mario Calderón, Silvia Duzán, Guillermo Cano, entre miles—. La esperanza de un diálogo con la extraviada guerrilla de las Farc, tras la fallida y terrible experiencia del Caguán, se había agotado. Muchos no dábamos crédito a que Álvaro Uribe Vélez, creador de las Convivir, exgobernador de Antioquia, congresista, alcalde destituido de Medellín, exdirector de la Aerocivil en tiempos de Pablo Escobar, fuera el nuevo presidente de Colombia. Mientras tanto, los encomios eran generalizados en la derecha neoliberal. El país debía celebrar la cultura del hacendado terrateniente: había que suprimir la dignidad laboral y crear contratos a término fijo, tercerizados y sin seguridad social. Menos Estado, más mercado, más zonas francas y despojos generalizados. Más desplazamiento y violencia. Contar cuerpos de muchachos inocentes como botines de guerra.
Cada cartera, como les dicen a los ministerios, debía sacrificar cientos o miles de cargos para engordar el ganado de la reelección, que sucedería, de manera sablista, solo tres años después. Así que el Ministerio de Cultura de la época, en cabeza de María Consuelo Araújo, obedeció a la política de austeridad —para los débiles, no para los poderosos— del presidente y la cuota inicial del recorte fue de 142 cargos de planta. En la estructura encontró una “carga onerosa que anualmente le vale al Estado 3.100 millones de pesos (un millón doscientos mil dólares)”, como dijo Adriana Mejía Hernández, viceministra de Cultura. Esos 142 cargos eran músicos. Todos de la Orquesta Sinfónica Nacional y de la Banda Nacional. Lo mejor, justificó la viceministra de entonces, era dejar de premiar a la música culta y que otras músicas pudieran tener espacio en la vida colombiana, así que eligió a la Sinfónica y a la Banda Nacional como corderos para el sacrificio ante el señor.
Cientos de músicos salieron a las plazas en diciembre de ese año. Protestaban por los ajustes promovidos y apoyados por exministros como Rudolf Hommes, quien como ministro de Hacienda del Gobierno de César Gaviria recortó los presupuestos de los departamentos de Colombia, y con ello se llevó por delante las orquestas sinfónicas de Valle y Antioquia, la Filarmónica de Medellín y la Sinfónica del Caribe, como lo relata Javier Almario en un artículo del año 2002.
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