
No sé si en el momento en que ustedes lean estas palabras, Miguel Uribe aún siga con vida y en proceso de recuperación –espero que así sea por el gran aprecio personal que siento por él. Tuve la fortuna de trabajar con Miguel varios años en la segunda administración de Enrique Peñalosa (él como secretario de Gobierno, yo como asesor del alcalde), en la cual hizo una labor sobresaliente. Ejemplares su vocación de servicio público, su inteligencia, su dedicación a su oficio clave, su capacidad para trabajar en equipo, y su carisma.
En los años posteriores nos situamos en orillas políticas distintas, pero nuestra amistad siempre ha estado por encima de esas diferencias. E incluso hemos seguido conversando sobre cómo liderar mejor –su pasión profesional y el asunto más importante de mi vida académica.
Lo que más me ha afligido y preocupado de Colombia es la muy dolorosa y extensa lista de líderes víctimas de atentados a lo largo de nuestra historia. Una sociedad en la que se practica una violencia sistemática contra sus líderes –en todas las regiones, por sus misiones políticas, sociales, ambientales y de otros tipos, con propósitos grandes, medianos o de menor impacto–, es una sociedad que va apagando su futuro.
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