
Esta es la primera columna en CAMBIO en la que no escribo sobre fútbol. Si la pelota no se mancha, ya llegará el momento de hablar de nuestra selección de mayores; de cómo los colombianos —históricamente campeones mundiales de partidos amistosos— tendríamos ahora la copa del mundo si los partidos de fútbol duraran 80 minutos.
Esta vez escribo desde un punto de vista del que mi generación no había vivido del todo. Los colombianos aprendemos en el colegio que desde antes de ser una nación hemos vivido en guerra. Si bien tenemos claro que la violencia no ha parado, en las grandes ciudades no crecimos acostumbrados a los atentados. Las bombas no amenazaban en las esquinas o en los centros comerciales. Eso que pasaba en las canciones de Poligamia era algo del pasado.
Recuerdo ir con diez años a la marcha del 4 de febrero de 2008 contra las Farc porque hago parte de una generación que pudo marchar contra la violencia. Igualmente crecí entendiendo que había un conflicto que, aunque no pasaba en las ciudades como antes, nos indignaba a todos. Bien nos dijo el padre De Roux —más de una década después— que una de las características de nuestro conflicto es que quienes más lo sufren están en las zonas rurales.
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