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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Playlist para el apocalipsis

La historia de la humanidad ha sido un eterno relato sobre las guerras. Grandes poemas épicos dieron cuenta de aquellas confrontaciones y los motivos humanos que llevaron a movilizar naciones para defender o para expandir la cultura, la identidad o el territorio. Así llegamos al siglo XXI viendo las guerras en vivo y en directo por televisión como si se tratara de un videojuego.

Haber sido niño y adolescente en la Colombia de los años ochenta y comienzos de los noventa fue haber perdido la inocencia y la mirada limpia por cuenta de las noticias diarias que daban cuenta de los múltiples conflictos nacionales y de ser testigos de varios magnicidios, masacres y bombazos del narcotráfico. Sin embargo, creo, mi primera guerra global fue la Operación Tormenta del Desierto en Irak. Si bien recuerdo con alguna nitidez las noticias de la Guerra de las Malvinas, las guerras de guerrillas en Centroamérica, los grafitis bogotanos sobre la avenida Caracas que decían ‘Fuera Rusos de Afganistán’ y la permanente ofensiva de Sendero Luminoso en Perú, aquel 17 de enero de 1991 marcó un antes y un después para mi generación: vimos por primera vez una guerra en vivo y en directo y la lluvia de misiles que llegaba vía satélite a nuestros televisores parecía juegos de bengalas en cualquier noche de celebración del año nuevo. Algo no solo se rompía para siempre en nuestra sensibilidad, sino que anunciaba lo que sería el fin de siglo y comienzo de milenio respecto a la mirada humana de los diferentes conflictos. Desde entonces no hemos dejado de presenciar el triste espectáculo de las guerras, las posguerras, los acuerdos y nuevas guerras. Cuando cayeron las Torres Gemelas muchos dijeron que directa o indirectamente todo aquel apocalipsis de comienzos de milenio no era otra que una consecuencia, entre tantas cosas, de aquel videojuego de 1991.

Han pasado en un parpadeo veinticinco años del siglo XXI y poco o nada ha cambiado la humanidad que cada vez es menos solidaria y compasiva. Unos cuantos regresamos al arte y la poesía como una suerte de trinchera mientras otros escuchan aquellas canciones que se han convertido en una banda sonora del mundo en tiempos de muerte e incertidumbre porque cuando todo arde siempre habrá una canción o una melodía que permitan soñar con un mundo mejor.

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