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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Te recuerdo Amanda

Conocí a la poeta Amanda Durán (1982-2025) en casa de Marcelo Dalmazzo. Aquella noche de agosto de 2022 él ofreció una cena de bienvenida a Bogotá a las poetas Eugenia Brito, Malú Urriola y, por supuesto, Amanda, de quien ya había tenido noticias, por varios amigos en común, de su fuerza poética y de su imponente puesta en escena en distintas lecturas de poemas en varios países. Eran tres generaciones de poetas que al día siguiente participarían en un evento en la Biblioteca del Gimnasio Moderno donde tendría la alegría de presentarlas y organizar una conversación. Desde aquella noche en casa de Marcelo iniciamos con Amanda una amistad que nos permitió de hablar de tantos temas como las certezas y las dudas, los grandes miedos, los poetas tutelares, las voces amadas, las incertidumbres de la vida y los recovecos del día a día y que no se interrumpió sino hasta el viernes pasado cuando recibí la noticia de su muerte. Un año después de aquel encuentro en casa de Marcelo, mis amigos Juan Felipe Harman y Edith Agudelo acogieron mi recomendación de invitarla a la Feria del Libro de Villavicencio, donde su poesía conmovió a los asistentes en la noche de clausura antes del concierto del cantautor español Pedro Guerra.

Un video que circula en estos días nos conmueve mucho más. Es la evidencia clara, desde la ternura y la inocencia, de una lealtad total a la poesía. Se trata de una breve entrevista en el programa Club Disney a la niña Daniela Pizarro Durán (su nombre de pila) a sus 13 años, luego de publicar su primer libro. Aquella niña sonriente, comiendo un algodón de azúcar, nos habla con mucha propiedad de la poesía, de su abuelo, de sus padres, de lo mal que le va en el colegio por ponerse a pintar y escribir en clase y sobre cómo conoció a Nicanor Parra quien escribió el prólogo de su primer libro Zona Primavera, en 1994: “Ya verás ya verás/ Imposible vivir sin poesía/ Sin poesía nos volvemos locos/ Sin poesía no se entiende nada”. Y concluye diciendo: “Has elegido el camino más negro”. Ella entre columpios, rodaderos y sube y baja responde: “Elegí el camino más divertido”.

Desde allí, Amanda Durán construyó una de las voces más viscerales, lúcidas y conmovedoras de la poesía chilena del nuevo siglo. Desde la palabra o las artes visuales exploró los márgenes de la experiencia íntima y social, desbordando los géneros y cruzando los territorios del cuerpo, la memoria, la rabia, el trauma y la ternura. Su vinculación con la literatura comenzó muy temprano, cuando con apenas ocho años participaba en lecturas en el centro cultural Estación Mapocho.

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