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Jaime Honorio González
Puntos de vista

La tierra del olvido

Por cuenta de mi trabajo, hace muy poco pude regresar al Chocó. Vi tanta exuberancia que el verde parecía estallar, vi ríos interminables de color café, vi riqueza infinita en una sucesión de bosques impenetrables, vi cuerpos esculturales de carnes duras, vi rostros alegres, vi pieles de ébano, vi una genuina amabilidad con el forastero y también vi gigantescos ojos donde se leía la resignación ante la adversidad que, por estos lados, muchas veces suele ser más cruel.

En el Chocó, el Estado funciona para unas cosas y para otras no. Y muchas veces, cuando funciona, lo hace a medias. Hace unos años, el departamento contrató la construcción e instalación del gas natural en cuatro de sus municipios: Istmina, Condoto, Unión Panamericana y Tadó. A este último llegué al final de una tarde, cuando apenas quedaba el reflejo del ocaso y la luz regalaba increíbles postales a los afortunados que se quedaban a contemplarlas.

Tadó, ubicada a dos horas de Quibdó, es una de las poblaciones más antiguas del país, fundada hace ya casi 500 años por esclavistas españoles que buscaban —de forma desesperada— nuevos caminos para llegar al Imperio Inca. Iban tras su oro.

El municipio tiene sus calles pavimentadas, una hermosísima concatedral y las huellas de una obra pública que no fue. En las fachadas de casi todas las casas están los huecos donde iban a instalar los medidores del gas, hay pedazos de manguera que conduciría el combustible, hay conductos desconectados que recorren las salas de las viviendas y llegan hasta sus cocinas, y ahora sólo son dormitorio temporal de pequeños insectos. Hay tuberías enterradas bajo el asfalto, que ya no sirven para nada. No hay gas natural instalado en ninguna parte.

En cambio, las familias no tuvieron más remedio que seguir pagando el gas propano, el de cilindro. Una mujer que se pensionó luego de trabajar toda su vida como aseadora en una guardería de la localidad, me hizo las cuentas claras: una pipeta de gas vale 90.000 pesos y —en promedio— alcanza para tres semanas o un mes, dependiendo de si los domingos la visitan los hijos y los nietos o no. Algunos familiares que viven en Pereira y en Medellín le contaron que el recibo del gas natural les vale cerca de 10.000 pesos por mes. Ella lo cuenta medianamente indignada.

En otra casa donde venden arepas asadas al carbón para conseguir algunos pesos me contaron exactamente la misma historia. Y, además, que pagan el recibo del agua, aunque no haya agua. Bueno, de vez en cuando hay. Y eso que a esa zona la recorren 14 caudalosos ríos. Ahí está retratado mi país.

Cuando las obras arrancaron, hace más de diez años, el contratista (Empresa Universal de Servicios Públicos) ofreció a los chocoanos diferentes formas de financiar la instalación en sus respectivas casas, incluso con inmejorables descuentos. Entonces, muchos se animaron y se gastaron sus poquitos ahorros para pagar de contado y aprovechar la oportunidad. El proyecto comenzó, pero después de un tiempo de avances, de repente todo se paralizó y las obras se quedaron a la mitad. El contratista se fue y jamás les devolvieron ni un sólo peso. Jamás. Es decir, sin gas y —además— tumbados.

Hace poco, la Contraloría impuso una sanción fiscal contra los responsables por más de 18.000 millones de pesos. Encontró que la Gobernación pagó por obras que no se habían ejecutado, que el contratista abandonó la construcción y que la Interventoría no vigiló la obra, entre otras irregularidades. Es una dura sanción, pero no hay más.

Un conductor de servicio público fue enfático en decirme que por allá sólo hay un camino efectivo y comprobado para lograr que las cosas se hagan: un paro. De resto, nadie les pone cuidado porque los gobernantes se hacen los de la vista gorda hasta que las protestas ciudadanas, que incluyen hordas de ruidosas motocicletas que se apeñuzcan en las calles, lo paralizan todo. Aquí, en Bogotá, eso de los paros nos parece de vagos, de gente que no quiere ir a trabajar, de revolucionarios oportunistas, de mamertos virtuales, de indios flojos, de negros perezosos. “De Brayans que se llevan a las mujeres quién sabe a dónde y después las dejan embarazadas y botadas”, diría el presidente. A propósito, en Colombia hay registrados 165.538 Brayans. Yo conozco dos. Tipazos, por cierto.

Pero, volvamos a Tadó, que muchos conocen como el pueblo rebelde del Chocó. Yo iría a ese paro. Yo protestaría por esa señora pensionada que camina lento y pesado, hasta que —finalmente— alguien le pusiera el gas. O al menos, que le devolvieran sus pesitos. Ella, como casi todos en esos cuatro pueblos engañados, se merece que le cumplan.

Pero, eso no pasará. Al fin y al cabo, es el Chocó, ese increíble pedazo de país que a nadie le importa, a donde nadie va y donde nada llega. Ni siquiera el gas natural.

@JaimeHonorio.

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