
Este 2026 arrancó, como bien se sabe, con una tensión política que no se veía desde hace décadas. Los primeros días de enero no llegaron con su habitual calma. Las casi dos semanas de tregua tácita, de pocas noticias, a la que estábamos acostumbrados no llegaron. En términos millenials, el Blue Monday llegó el 5 de enero.
Noto con algo de preocupación la facilidad con la que la sociedad en general pasa de ser experta en el conflicto entre Israel y Palestina, a ser doctos en DIH y política venezolana y, más recientemente, en la situación político social de Groenlandia o Irán. Lo que sí es cierto es que en la historia reciente de cada uno de los conflictos anteriormente mencionados hay un común denominador: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Un tipo que —como buen ególatra— busca constantemente la admiración, no descansa hasta conseguir lo que quiere, manipula la conversación y externaliza culpas. De hecho, es irónico que, en el caso de Trump, no solo externaliza culpas sino culpables; pero eso es otro tema.
Ahora, acá es donde viene un cambio de frente, y lamento si llegan a esta parte del texto con mejores expectativas. Esta columna ha estado durante años encargada de hablar de deporte y su relación con la política, la cultura, la música o el cine. Hoy, y entendiendo que ese común denominador será el presidente del país sede del Mundial de Fútbol de este año, la relación del fútbol y la política estará tan tensa como vigente.
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