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Juan David Correa

Extremistas radicales

Los extremistas radicales han decidido jugar su última carta antes del naufragio de su proyecto cultural, social, económico y político que reinó durante los últimos cuarenta años en Colombia: han de convencer al país de que los verdaderos extremistas radicales son quienes piden justicia social, educación gratuita, salarios justos, transición energética, revolución agraria, horizontalidad en las relaciones sur-norte, reforma agraria, pensión, salud, garantías para la organización social, igualdad, agua como bien público, cultura y no entretenimiento, turismo y no extractivismo, producción y no desangre de nuestros suelos y naturaleza.        

Los extremistas radicales escriben y hablan a diario en medios de comunicación, hacen posts, tienen humor y maneras con las cuales quieren convencer a incautos de que su sentido común aún impera. En la radio de la mañana, los extremistas radicales entrevistan a un líder de las extintas Farc. Ha sido publicado un informe de la Contraloría General de la República en el cual se informa que la guerrilla más antigua del continente no ha devuelto todos los bienes, el dinero y las joyas que se comprometió a entregar una vez firmado el acuerdo de paz que un grupo de los extremistas radicales —para entonces divididos— incumplieron desde antes de firmado, por no ponerse de acuerdo, y querer, cada uno, ser el dueño de los extremistas radicales.     

Uno sometió a sangre y fuego el país, envió a tumbas sin nombre a más de 6.000 muchachos inocentes, asoló el país de masacres en una alianza narcoparamilitar por la cual ha sido juzgado con suficientes pruebas, destrozó la función pública, sacó a millones de trabajadores a la calle, entregó negocios millonarios a sus propios hijos, privatizó la salud, desmovilizó a sus ejércitos privados y para que no hablaran los extraditó, cambió la Constitución para reelegirse haciendo trampas y encerrando a congresistas en oficinas, ‘chuzó’ a periodistas y a la oposición; el subsiguiente tuvo la audacia de contradecir a su jefe, pero cuando debió mostrarse como un líder de la temperancia y un verdadero estadista, decidió someter a un plebiscito un acuerdo que no necesitaba tal mecanismo. Y cuando su exjefe le demostró quién mandaba, y con mecanismos de propaganda extremista radical —en la cual son expertos— sembró en la mentalidad de millones ideas que habían sido construidas con paciencia y dinero público a lo largo de las décadas de su estancia casi eterna en el poder, la nueva promesa de los extremistas radicales, que triunfaron en 2018, fue hacer trizas esa paz. 

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