
Durante estos tres años hemos presenciado una máquina avasallante de información que lleva décadas funcionando en Colombia como estrategia de control social y mental. Hace unos días, viendo el extraordinario documental El pacto de Adriana, de la chilena Lissette Orozco, escuché una frase que me quedó resonando: “El miedo es una estrategia de irrigación”, dice ‘el Mocito’, un funcionario asignado al cuartel Simón Bolívar, uno de los epicentros de la más brutal tortura que perpetraron mujeres y hombres contra ciudadanos de izquierda, comunistas, independientes, librepensadores o, en todo caso, opuestas al militarismo que se impuso a la democracia de Salvador Allende: tan solo demócratas.
Tras el golpe de Estado que dio Augusto Pinochet, el 11 de septiembre de 1973, con la connivencia y ayuda del Gobierno de Estados Unidos —en plena crisis de Watergate, y con el pronóstico de la renuncia de Richard Nixon— se intentó crear una cortina de humo protegiendo a los militares que derrocaron al primer Gobierno comunista de Chile para intentar evadir la crisis del petróleo. Las agencias de inteligencia crearon una milicia de ciudadanos que entraron a trabajar en las máquinas de tortura para hacerlos cómplices del horror. Ese invento, a lo Eichmann, ha sido una constante del totalitarismo y una de las estrategias de cooptación cultural por parte de Estados Unidos en América Latina.
‘El Mocito’, un hombre popular, de unos sesenta años, le dice a la directora cuando intenta descubrir la verdad sobre el oscuro y ominoso pasado de su tía, que solo decidió hablar cuando fue acusado de tortura, secuestro y asesinato, porque no participó en alguna de esas acciones, mientras que las torturadoras, como Adriana Rivas, su tía, ‘la Chany’ —quien ingresó como secretaria bilingüe y durante varios años fue parte de la Dirección de Inteligencia Nacional (Dina) desde donde se operó una empresa de exterminio—, seguían sosteniendo que jamás habían presenciado un acto como del que se las culpaba. “No bastaba con torturarlos y desaparecerlos, había que exhibirlos, mandar con sus cuerpos un mensaje, que era el del miedo: ‘Ojalá no te pase a ti. Si te portas mal, te va a pasar a ti porque somos capaces de hacer que te pase a ti’”.
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