
Ese muchachito tenía una cara de pícaro que no podía con ella. Y un par de pepas que le brillaban de forma impresionante. Y una bocota roja, hermosa, preciosa, con la que esbozaba una tremenda sonrisa de niño que sólo quería jugar con sus amiguitos y ver televisión y ocuparse con los videojuegos y montar en bici. Y nada más. Como todos los niños.
“Tenía siete años. Iba rapidísimo en mi bicicleta, me gustaba montar, sólo montar, pedalear rápido aunque nunca podía alcanzar a los grandes en la calle, en mi pueblo, donde yo vivo, a veces hacía mucho calor y por eso me daba mucha sed y tomaba mucha agua”.
Yo me imagino a Kevin montando en su bicicleta feliz de la dicha, pensando en nada, apenas en el momento, como todo un buen niño de apenas siete añitos. De pronto, sintiendo un poquito de brisa en esas frescas tardes de Palestina, un pueblito al sur del Huila, lejos de todo, especialmente de un hospital nivel tres, de esos que tienen UCI, atienden enfermedades raras o pueden practicar cirugías complejas.
Artículo exclusivo para suscriptores
Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.
SuscribirmeLea los comentarios

















