
Leí que mataron a tiros de pistola a Juan Santiago Gallón Henao por allá en México. Me sé su nombre de memoria, me quedó grabado desde la difícil mañana del sábado dos de julio de 1994 cuando mi radio-reloj sonó puntual a las seis de la mañana, y la emisora a todo volumen me despertó. Olvidé apagarlo cuando llegué a casa de madrugada, después de una reunión con amigos y el titular del locutor de noticias me dejó helado: habían matado a Andrés Escobar.
También me sabía su nombre de memoria, Andrés Escobar Saldarriaga, porque me había hecho su fan desde que anotó un gol a los ingleses en el estadio de Wembley, en 1988, con “un frentazo impecable y chao”, dijo el narrador. Lo vi en directo por televisión y lo grité como todo el país. Y me había solidarizado con su impotencia la peor tarde de ese miércoles 22 de junio de 1994, cuando —en el minuto 13 del primer tiempo— marcó un autogol, un involuntario error como tantos que cometemos los seres humanos, uno que causó una herida tan profunda que, aún hoy, sigue abierta.
Aunque jugaba en el Atlético Nacional, me caía muy bien porque me parecía tranquilo, porque era zurdo, porque lucía una frondosa melena propia de los futbolistas de los años setenta, porque era casi de mi edad y porque durante las largas y eternas horas de vuelo tenía la extrañísima costumbre de no jugar cartas con sus compañeros de equipo y en cambio, leer el libro de turno que siempre llevaba en su maletín. Hasta que un imbécil lo mató.
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