
El espíritu del agua habita en los páramos de este territorio sagrado que ha sido parte de una disputa sobre el modelo de expansión urbana de Bogotá. Los edificios van cubriendo los cerros de este cruce de caminos que fue, durante los periodos Herrera (500 a. C. a 1000 d. C.), Muisca Temprano (1000 a 1350 d. C.) y Muisca Tardío (1350 a 1600 d. C.) un sitio estratégico de habitación, intercambio y espiritualidad del pueblo Muisca. Allí, en esas montañas —que para muchos solo significan negocios en terrenos para la construcción de viviendas de interés social—, ha pervivido una lucha que ya completa más de treinta años sin que las comunidades campesinas, algunas de las cuales reivindican su ancestralidad, hayan sido incluidas de manera definitiva en el destino de un hallazgo que el próximo año cumplirá veinte años.
El Plan de Ordenamiento Territorial (POT) de 2000 sentó las bases para la ocupación de cinco veredas en la Operación Estratégica Nuevo Usme. Desde 2005, la empresa Metrovivienda —hoy ERU— comenzó la excavación para la construcción de edificios en la hacienda El Carmen. “Al momento de pasar la maquinaría, afloran una cantidad de huesos y cerámica. Digo: esto es una necrópolis. Me preguntan: ¿Y esa joda qué es? Respondo: un cementerio indígena muy grande”. En las imágenes de ese entonces puede verse el perfil de Jaime Beltrán, líder campesino. Su perfil contrasta con el verde que al fondo de la imagen se corta con los ladrillos de una ciudad que amenaza el borde urbano rural de una urbe cuyos gobernantes no han terminado de entender, y muchos de ellos solo ven en función de un progreso que arrasa el pasado, y desplaza a la gente y su sentido intercultural.
Que arrasa, como lo llamó Virgilio Becerra —uno de los arqueólogos que trabajó en el predio cuando la comunidad logró detener las obras en la alcaldía de Samuel Moreno— “una biblioteca arqueológica subterránea”. Becerra y Ana María Groot fueron algunos de los profesionales que, desde la Universidad Nacional, llegaron a excavar el predio. Beltrán y muchos de sus vecinos campesinos que sabían cómo era su territorio, constituyeron la Mesa de Patrimonio Usmeka, para iniciar la defensa de un hallazgo que va más allá de las más de 1.500 tumbas, urnas funerarias, cientos de cerámicas y petroglifos que poco a poco han sido vandalizados en otros lugares de Colombia, como la piedra Varón del Sol, en Soacha, que fue pintada con brea para permitir la llegada de los tierreros, urbanizadores piratas que campean en nuestra vida urbana desde hace décadas.
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