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Harol A. Villay Quiñones

Territorio Usmeka: las cuentas claras y el chocolate espeso

El debate sobre el Territorio de Usme —Usmeka— no es una discusión técnica sobre la construcción de un parque: es una disputa estructural por el sentido de la protección territorial y sobre quién posee la legitimidad para definirlo. Durante décadas, Usme ha sido reducida a una “periferia disponible” para el crecimiento urbano, operando como una zona de sacrificio para infraestructuras de alto impacto y actividades extractivas que han dejado una huella de estigmatización. Sin embargo, en medio de estas decisiones verticales, han persistido prácticas campesinas y memorias comunitarias que no solo resisten, sino que producen un conocimiento del territorio que la institucionalidad insiste en ignorar al hacer sus cuentas.

El hoy Parque Arqueológico y del Patrimonio Cultural de Usme no inaugura la memoria del lugar, sino que la visibiliza ante una ciudad que le daba la espalda. Lo arqueológico no debe entenderse únicamente como un vestigio inerte del pasado, sino como un detonante político y material que obliga a cuestionar el modelo de expansión urbana y la frágil relación entre el crecimiento de la ciudad y la permanencia de la vida rural. Por ello, resulta incompleto presentar este proceso como una consolidación institucional, pues la base cultural que hoy se intenta ordenar nació y se sostuvo en la autogestión de comunidades que defendieron el suelo incluso cuando la administración pública avanza sobre él.

El valor real del Parque Arqueológico y de Patrimonio Cultural de Usme no reside necesariamente en el hallazgo material, sino en los relatos de resistencia y la defensa de un territorio que se reconoce campesino frente al asedio de la expansión urbana. En este escenario, el parque debe ser garante del reconocimiento cultural de un pueblo que carece de equipamientos, permitiendo dar voz a comunidades cuyas prácticas han sido históricamente invisibilizadas. Bajo esta premisa, la Casa de Pensamiento se constituye como un puente para armonizar el componente arqueológico con la vida y las expresiones culturales, proponiendo un diálogo de saberes abierto al mundo. Este hecho cultural será el hogar de tejidos comunitarios que, desde 2020, sostienen un equilibrio entre la memoria ancestral y la vida presente, caminando desde la autonomía social y lejos de los esquemas burocráticos.

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