
“¿Señor Valencia, por qué no se pronuncia sobre la masacre de la población por el régimen iraní?”, me gritaban a menudo en las redes sociales en los últimos meses. “¡Ah! Porque es de los suyos, porque le gusta esa dictadura…”. Esta, desde luego, la imprecación más decente. Había otras, con insultos de grueso calibre.
Me había pronunciado en algunas oportunidades, pero no era mi tema habitual ni en las columnas, ni en las redes sociales, y tampoco lo ha sido el genocidio del pueblo palestino a manos de Israel. Aunque me duele un montón lo que ocurre en esos lugares. Pero tengo bastante con hablar de Colombia y de América Latina y de sus angustias y del cambio drástico de la política de los Estados Unidos frente a la región.
Pero ahora, aún con el gran jaleo electoral que vive Colombia, son obligatorias algunas líneas sobre el ataque a Irán y el asesinato de Alí Jameneí por parte de Israel y Estados Unidos. Nada que ver con alguna afinidad con la dura afrenta que significa para la humanidad la dictadura ominosa de los ayatolá en ese vasto país persa. Ese mundo me es muy ajeno. Sé muy poco, o nada, de esa mixtura entre religión y poder, y no sé de las claves del islam, de la dolorosa subordinación de la mujer, de la irritante obsecuencia ante la autoridad religiosa en las relaciones políticas, sociales y familiares.
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