
Este año iba a ser publicado un libro de lujo de mi obra artística, producto de una amable invitación que me había hecho la empresa Promigas.
En esas andábamos hasta que, a comienzos de este año, cuando regresé del Putumayo después de haber ido a visitar a mi mamá, me dieron la noticia de que el libro ya no se haría. Mi reacción inmediata fue de tranquilidad,porque por convicción personal no me ha gustado llenarme de muchas expectativas antes de que un propósito sea una realidad. Pero sentí también una de esas desilusiones frecuentes que nos invaden a los colombianos cuando tocamos temas sensibles o dolorosos, sobre todo acerca de la irremediable política, después de que me dijeron que la obra no se publicaría —según la empresa—por mis “afinidades políticas”. Y me invadió uno de esos desencantos que se perciben a veces en la vida, como ese de ser colombiano a pesar de todo, y que se da a veces, de la misma manera, con la familia la cual también, a pesar de todo, hay que quererla. “_Familia es familia_”, como dice la canción de Rubén Blades.
El detonante que desencadenó la decisión de no hacer el libro, el cual parece de puro orden político e ideológico, en un proyecto que en apariencia nada tenía que ver con el tema de un libro de arte, y que tuvo lugar en Santiago (Putumayo), mi tierra natal. Yo andaba visitando a mi mamá por una reciente y pasajera condición de salud de ella y supe que el doctor Iván Cepeda, mi amigo de hace años, reconocido defensor de derechos humanos y hoy candidato presidencial, estaba en mi pueblo. Entonces lo invité a que, aprovechando su gira de campaña, conociera a mi madre y a mi familia. Él hizo una pausa y yo, con toda independencia, le manifesté mi apoyo, y la noticia se regó como pólvora a nivel nacional por las redes y por la televisión nacional.
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