
Todo acto de creación es un acto de resistencia. Resistencia a la muerte, pero también al paradigma de que no podemos escapar a la sociedad del control. En Colombia ha habido fuerzas históricas que han tenido la persistencia suficiente para atravesar varias puertas en medio de un pasadizo de adversidades y violencia. Me parece que la vida de Iván Cepeda es una de esas fuerzas. Su acto de resistencia: mantener la cordura cuando los poderes paraestatales asesinaron a su padre por su militancia política y seguir insistiendo en la paz como único camino de vida.
No conozco la intimidad de Iván Cepeda y sería atrevido hablar de sus procesos espirituales y mentales. Sin embargo, se puede examinar su vida y su trabajo público a través de sus actos y palabras y entonces comprender que su mayor creatividad, es decir, su resistencia, fue prohibirse la lucha armada como venganza ante su dolor. A partir de allí, Cepeda ha hecho el viaje de un héroe discreto, que ha sabido ocupar, con paciencia e incomodidad, cada uno de los estadios que muchos colombianos han tenido que padecer: el exilio, la amenaza, la mendacidad y el asedio. Ser víctima, pero no condenarse a serlo. Ser estigmatizado por ser parte de una tradición política de izquierda que los leopardos fascistas de los años cuarenta del siglo pasado, y los tigrillos de salvación nacional de hoy, quieren vender como apostasía o pecado mortal.
Como filósofo, Cepeda nos muestra que el ejercicio del pensamiento es trivial si no nos sirve para plantear una vida digna para todos, es decir, una tentativa de imaginar líneas de fuga para aquello que se da por presupuesto, o inmutable: las cosas no son como son y es posible una buena vida para todos. Las tareas de Iván Cepeda desde el MOVICE, la Cámara de Representantes, el Senado de la República, y como comisionado en negociaciones de paz, nos han mostrado que la única manera de resistir y oponerse a las sociedades de vigilancia es la construcción de una potencia social que aspire a transformar la realidad. Cepeda nos ha señalado que se requieren ideas para imaginar futuros que rebasen los prejuicios que nos han gobernado como sociedad, como el clasismo, el patriarcado y la racialización de nuestras élites mediáticas y políticas. Si no hay deseo de transformación, lo que queda es la sumisión paralizante que deja todo en manos de unos cuantos poseídos por la profundidad moral de un imperio que fue desterrado hace ya dos siglos.
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