Hace cuatro años y cinco días, el dictador ruso Vladimir Putin atacó a su vecina Ucrania en una guerra que sus asesores consideraron relámpago, y que ha sido todo menos eso. Ya van 48 largos meses de cruentos combates, de avanzadas y retiradas, de misiles y tanques, de mercenarios y soldados, de muertos todos los días (expertos calculan que van cerca de dos millones), de historias de un país arrasado, de gente abandonándolo todo para tener que irse sin nada, de niños secuestrados en masa y llevados fuera de su patria, en fin. Todos los males que puede tener una guerra que iba a ser de pocos días y que ya completa 1.465, incluidas sus noches.
Y ahora, otra guerra. Una más grave, me parece a mí. Ayer en la mañana, los israelíes bombardearon una estancia presidencial en Teherán y mataron al líder religioso de Irán, el ayatollah Alí Jamenei, que dirigió con mano de hierro a esa nación por 36 años, gracias a una elaborada teocracia que le permitió hacer y deshacer en el milenario país.
Pero, el presidente de Israel, Benjamín Netanyahu, no estaba solo. Su colega Donald Trump lo apoyó irrestrictamente en el gigantesco y prolongado ataque porque Estados Unidos también tiene altísimos intereses geoestratégicos en esa parte del mundo. Y con un respaldo de ese tamaño, uno puede decidirse a atacar al que sea, incluso a un régimen que tiene un Ejército mucho más numeroso (610.000 militares activos en Irán contra 170.000 en Israel) y el más grande arsenal de misiles en todo el Medio Oriente.
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