
Hay que decirlo con claridad: la decisión de Petro de sentarse frente a Westcol —un destacado _streamer/influencer_— para que el encuentro fuera transmitido en vivo, no fue menor. No es habitual que un presidente se exponga en un formato en vivo, sin mediaciones, frente a un interlocutor que no responde a las reglas del periodismo tradicional. En un ecosistema donde muchos líderes siguen refugiándose en entrevistas controladas, esa apuesta es audaz. Y en términos de alcance, el resultado fue evidente: conectó con grandes audiencias que difícilmente habría alcanzado por las vías convencionales.
Gustavo Petro se sentó frente a Westcol y lo que vimos dejó de parecerse a una entrevista tradicional para convertirse en otra situación, sin duda más reveladora: una conversación sin jerarquías visibles, sin protocolo y, sobre todo, sin ese desnivel institucional que durante décadas ha definido la relación entre el poder político y quien lo interroga.
Esta vez fue muy diferente: no era un periodista frente al presidente. Era un interlocutor que hablaba desde el mismo lado de la cancha, con el mismo código. Esa fue la gran diferencia. Y justamente ahí está la paradoja comunicacional, porque ese mismo encuentro con Westcol —pensado para ampliar el alcance del discurso del presidente— también marca la cancha de otra manera. Y en ese nuevo terreno, las ventajas que usualmente tiene Petro para definir el curso de las conversaciones definitivamente no son las mismas.
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