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Santiago Trujillo Escobar
Puntos de vista

La incertidumbre de lo visible

Hubo un tiempo —largo, fundacional— en el que la humanidad creyó en lo que no podía ver. Los dioses no se mostraban, pero ordenaban el mundo. La verdad no se comprobaba: se revelaba. Y la fe, antes que una debilidad, era una forma de conocimiento.

El arte surgió, en buena medida, como mediación ante esa ausencia. Pintar, esculpir, representar: hacer visible lo invisible. No para probarlo, sino para acompañar la creencia. Las imágenes no eran evidencia; eran presencia. No pretendían demostrar, sino permitir una forma de encuentro. Algo cambió, sin embargo, en el largo tránsito hacia la modernidad. Lentamente, casi sin que lo notáramos, invertimos la ecuación. Dejamos de creer para ver, y comenzamos a ver para creer. La confianza se desplazó de lo invisible a lo evidente, de la palabra a la prueba, de la fe a la imagen.

Durante siglos, ese nuevo pacto pareció sólido. La imagen —primero pictórica, luego fotográfica— adquirió un estatus testimonial. Ver algo era acercarse a su verdad. Como lo señaló Susan Sontag, “las fotografías proporcionan evidencia”. El cine y la televisión ampliaron ese poder hasta convertir la imagen en la forma dominante de experiencia. Lo que no se veía, simplemente, no existía.

Walter Benjamin advirtió tempranamente esa transformación. En su célebre reflexión sobre la reproducción técnica escribió: “incluso la reproducción más perfecta de una obra de arte carece de un elemento: su aquí y ahora”. En esa pérdida del “aquí y ahora” —de la presencia irrepetible— comenzaba a fracturarse la relación entre imagen y verdad. Pero toda certeza contiene su propia fragilidad.

El siglo XX comenzó a advertirlo. Supimos que la imagen podía encuadrar, editar, manipular. Que no solo mostraba: también ocultaba. Que no era un espejo inocente del mundo, sino una construcción. Aun así, persistía una confianza básica: algo había ocurrido frente a la cámara. Hoy esa última certeza se desvanece.

La proliferación de imágenes generadas, alteradas o completamente fabricadas por inteligencia artificial ha introducido una duda radical. Ya no se trata solo de interpretar lo que vemos, sino de preguntarnos si aquello que vemos ocurrió alguna vez. La imagen ha perdido su anclaje. Y con él, una parte de nuestra forma de creer. En este desplazamiento, como lo anticipó Paul Virilio, la velocidad y la transmisión han terminado por sustituir la experiencia directa: cada vez más, no habitamos los acontecimientos, sino sus imágenes circulantes. Y cuando la experiencia se debilita, también lo hace la confianza en lo que vemos. Hemos llegado, casi sin darnos cuenta, a una inversión inquietante: Ya no vemos para creer, vemos para sospechar.

Sospechamos de la veracidad, del origen, de la intención. Sospechamos de la imagen que circula, pero también de la que confirma nuestras propias convicciones. La desconfianza ya no es excepcional: es estructural. Y en ese desplazamiento no solo está en juego la tecnología, sino la manera misma en que construimos lo real.

Porque si durante siglos la imagen fue el puente entre el mundo y nuestra comprensión de él, hoy ese puente se ha vuelto inestable. No ha desaparecido —seguimos viendo, más que nunca—, pero ya no garantiza llegada alguna. Nos sitúa, más bien, en un terreno ambiguo, donde la percepción exige una nueva forma de juicio.

Tal vez no se trate de añorar un pasado en el que creer era más fácil, ni de condenar un presente donde la imagen se ha vuelto sospechosa. Tal vez el desafío sea otro: aprender a habitar esta incertidumbre sin renunciar a la búsqueda de verdad. Así lo expresa la cineasta y escritora española Isabel Coixet al evocar al crítico y escritor británico John Berger en el centenario de su natalicio: “Me enseñaste que mirar no es pasivo. Que entre el ojo y la imagen siempre hay una historia, una clase social, un género, un miedo, un deseo. Que ninguna imagen es inocente. Que el arte es siempre también una pregunta sobre el poder: quién lo tiene, quién lo ejerce, quién lo padece, quién lo canta”.

Después de todo, tardamos siglos en convencernos de que para creer había que ver. Y apenas unas décadas han bastado para recordarnos que ver, por sí solo, nunca fue suficiente.

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