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Carolina Sanín
Puntos de vista

Por la felicidad de cantar

Sobre Norteña, de Julieta Venegas
Laguna Libros
2026

El recuento que la cantante Julieta Venegas hace de su propia vida se extiende entre dos ciudades: la del deseo, que es la capital de México, y la del origen, que es la norteña Tijuana, limítrofe con los Estados Unidos, comienzo de un vasto sur, alejada del mar aunque a la orilla del mar, vecina del desierto, atravesada por fugitivos. Dice Julieta que crecer en Tijuana fue “como hacerlo en dos ciudades a la vez”, y explica que dentro de ella misma subsiste, como en su ciudad original, una línea divisoria. La lectora piensa entonces en otra condición de desdoble en la vida de la autora, que se suma a la de crecer en el borde de un país: la de tener una gemela. Luego, caemos en la cuenta de que toda artista se duplica y gesta a otra que se le parece —su obra y su imagen—, y entendemos que, al hablarnos de frontera, de mudanzas y de gemelidad, Julieta nos está hablando también sobre crearse a sí misma; sobre la transformación de una niña en un sonido.

Juliet Vengeas presenta su libro
La cantante mexicana Julieta Venegas publica su primer libro: 'Norteña. Memorias del comienzo'.

Tijuana significa la infancia y la ascendencia, y es el espacio cambiante de la noche anterior, a la que se retorna al final de cada día: “Muchas veces me he preguntado si es siempre el mismo”, escribe la autora en Norteña. “Me llama cuando sueño”. Dice también que “algo queda de eso que fuimos ella y yo. Algo queda”, y generosamente nos invita a que nos preguntemos qué es lo que ella y su ciudad fueron y ya no es evidente, y cómo permanece en las canciones.

Norteña observa la relación entre la búsqueda de la libertad y el proceso de definirse a uno mismo. Para esa tarea doble, que equivale al cumplimiento del destino, la artista sigue el camino del deseo. Después de vivir en la ciudad del origen, se muda a la Ciudad de México, donde se convierte en alguien capaz de expresar su naturaleza. Llega a una “casita sin llave” rodeada por un jardín “sin forma, descontrolado”, y allí se siembra para levantarse: “Necesitaba quedarme quieta, pegarme a ese suelo”. Conoce “una soledad feliz y triste” que la hace “sentir la última persona en el mundo”, y sigue el rastro la música que imagina.

La casita sin llave tiembla con los bajos del acordeón, y la lectora se figura que cada casa donde la compositora ha vivido es un instrumento musical. Inversamente, también ve los instrumentos como espacios habitables. “El piano es tuyo”, cuenta Julieta que le dicen cuando es niña en Tijuana, y sigue: “Si me sentaba a tocar, entraba en un territorio neutral. Nadie me molestaba y podía estar el tiempo que quisiera (…) El sonido me envolvía por completo, como una cueva cálida. Era mi propio espacio rodeado por un sonido lleno de cuerpo (…) Podía encerrarme en el mundo del sonido”.

Julieta Venegas presenta libro Norteña

El desierto poblado del lugar de origen se convierte en la expansión varia de la soledad musical. La compositora toca sola y en compañía; complejiza sus canciones, les añade elementos y vueltas, y luego les quita, las simplifica, las acerca. Transita de la experimentación a la autonomía. Y a la comunicación. Va encontrando un sonido que la describe y, entre tanto, se dirige al reconocimiento de un amor que se extiende. Y a una casa original, que no es exactamente la de la memoria, sino la de la esencia. “En el fondo, quería hacer canciones que mi madre disfrutara”, cuenta, y recuerda cómo su madre y sus tías cantaban “por la felicidad de hacerlo”. Entonces, compone las canciones que cantamos con ella. Y luego, constante en el camino hacia la comunicación y el amor, escribe este libro suave y fluyente, perspicaz y verdadero, que muestra el destino contando el comienzo.

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