
Hace pocos días tuve la alegría de presentar la monumental novela del escritor peruano Jeremías Gamboa, El principio del mundo, en la que alrededor de casi mil páginas el autor nos lleva a un recorrido íntimo por su historia familiar y la de las últimas décadas del Perú. Es, como en la literatura de siempre, un viaje de regreso para reencontrar la memoria, la genealogía, los propios fantasmas de la infancia y de la adolescencia y los instantes perdidos. Manuel Flores regresa a Lima después de estudiar durante tres años en Estados Unidos y vuelve con una maestría, unas maletas y la sensación devastadora de haber fracasado. Había salido del Perú imaginando que la educación podía conducirlo hacia una vida distinta, pero regresa sin saber quién es ni qué hará en adelante. Desde la ventanilla del avión contempla las luces pálidas de Lima, la ciudad a la que había jurado no volver. Todavía no sabe que esas luces lo conducirán hacia el origen y que su regreso no será únicamente geográfico, sino que será un descenso hacia su propia biografía fundacional, el origen de todo, el principio del mundo.
Manuel cree que ha vuelto para decidir su futuro, pero pronto descubre que antes tendrá que reconstruir su pasado y por eso regresa a la escuela pública de su infancia, a los compañeros con quienes conoció la amistad, el deseo y la vergüenza y a Marina Montemayor, la maestra que le enseñó a leer. En aquellas aulas aprendió las palabras, pero también las jerarquías sociales y comprendió que los apellidos, el barrio, la ropa, el color de la piel y la manera de hablar podían abrir o cerrar puertas. Uno de los grandes logros de la novela es mostrar que la educación puede ser una forma de liberación y, al mismo tiempo, el lugar donde aprendemos a avergonzarnos de aquello que somos. Sin embargo, el desafío del protagonista es aprender a leer los silencios de su madre Candelaria, la niña andina, huérfana y migrante; la empleada doméstica que llegó a creer que llevaba en los huesos un olor imposible de borrar.
Y es que ese olor atraviesa la novela como una impronta indeleble. Tal cual ocurre en la película coreana Parásitos, el olor de la pobreza trasciende y se reconoce. Es un olor ancestral que permanece y que Candelaria siente que lo lleva y que es imposible de borrar. Al principio pareciera que es el olor de la tierra andina, de los animales, del trabajo y, por supuesto, de la pobreza. Pero luego comprendemos que ese olor no pertenece al cuerpo sino a algo más profundo que se confunde con la conciencia. “Mis huesos apestan”, dice en uno de los pasajes más conmovedores de la novela. Y ahí es donde la poesía cobra fuerza en el manejo de la historia porque el color de la piel puede verse, el apellido puede cambiarse y el acento puede disimularse, pero el olor, en cambio, pertenece a una dimensión secreta, íntima. Nadie sabe si realmente existe. Solo quien cree llevarlo consigo lo siente a todas horas. Y esto es fundamental para entender otros rasgos del racismo y la vergüenza. César Vallejo fue quizá quien mejor entendió que la historia termina escribiéndose sobre el cuerpo y que el dolor puede alojarse en los huesos antes que en las ideas. Allí reside uno de los grandes hallazgos de Jeremías Gamboa y es el de haber encontrado una metáfora capaz de nombrar esa vergüenza heredada a través del olor, ese olor de la memoria.
Mientras leía la novela pensaba inevitablemente en esa larga tradición latinoamericana donde las empleadas domésticas han sostenido silenciosamente la vida privada de nuestras sociedades. En las radionovelas y las telenovelas fueron las nanas o criadas, como las llamaban, quienes criaban hijos ajenos mientras los propios crecían lejos y se convertían en las consejeras, las confidentes y, muchas veces, las verdaderas educadoras sentimentales de una familia que nunca terminaba de reconocerlas como iguales. Por eso siento que El principio del mundo dialoga con esa tradición, con novelas como Un mundo para Julius, donde Alfredo Bryce Echenique convirtió a la servidumbre en la conciencia moral de aquella casa aristocrática limeña y nos permitió ver, detrás de la inocencia del niño, las jerarquías de clase, el racismo y la violencia cotidiana que sostenían ese universo. Gamboa da un paso más y ya no observa a la empleada desde el comedor de la familia, sino que le devuelve la voz y la convierte en el verdadero corazón de la novela. Candelaria deja de ser la mujer que entra en escena con una bandeja para convertirse en quien sostiene la memoria de una sociedad.
De igual forma esta también es una novela sobre la educación y hace bellos homenajes a la educación pública. Manuel regresa a la escuela de su infancia, a sus profesores, a sus compañeros y a las primeras formas de la amistad. Allí, en “las aulas celestes” reaparecen Sabino y los demás niños con quienes compartió los años escolares, pero también Marina Montemayor, la profesora que les enseñó a leer y que desapareció de sus vidas dejando una ausencia difícil de explicar. La escuela se convierte entonces en uno de los grandes territorios morales del libro porque fue ahí donde no solo Manuel descubrió las palabras sino también las estructuras sociales. Comprendió que la educación puede ser una forma de liberación, pero también uno de los escenarios donde una sociedad reproduce sus desigualdades.
Y entonces ratificamos que esta conmovedora novela no habla solamente del Perú sino de todos nosotros porque, de alguna forma, todos heredamos algún olor invisible, una vergüenza familiar, un mandato de clase o una culpa transmitida durante generaciones. Todos cargamos alguna marca que sentimos adherida a los huesos. Por eso siento que El principio del mundo es una novela universal. Todas las familias tienen archivos incompletos, fotografías que faltan o que no existen, nombres que se han borrado y episodios inconclusos. Reconstruir esos archivos es un acto de paciencia y de mucho amor y perdón con todas las orfandades y los silencios que pasan de una generación a otra y nos dejaron tantos miedos que comenzaron antes de nosotros mismos. De ahí que el gran desafío de Jeremías Gamboa es recordarnos que, más que el olor de la vergüenza, el que siempre debe permanecer es el olor de la memoria, el que nos devuelve al origen, a la identidad y a todos aquellos arquetipos que siempre nos definen.
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