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Raquel Bernal
Puntos de vista

El próximo gobierno debe apostarle a la educación: no es una opción, es un imperativo

Colombia es el tercer país más desigual del mundo. No el tercero de la región: el tercero del planeta, después de Namibia y Sudáfrica. Ese dato debería preocuparnos a todos. Sin embargo, en cada ciclo electoral, la educación aparece en los discursos y desaparece del Plan de Desarrollo.

Esta vez no podemos darnos ese lujo.

Hay 9.5 millones de niños, niñas y adolescentes en el sistema educativo colombiano hoy. De cada diez que terminan el bachillerato, solo cuatro llegan a la educación superior. De esos cuatro, uno de cada tres no logra terminar la carrera. Sale con deudas, con tiempo perdido, y sin el título que prometía cambiarle la vida. Esto demuestra un fallo estructural en la educación; la calidad en todos los niveles educativos no da la talla. 

Los bachilleres que no transitan a educación superior acceden a formación para el trabajo y desarrollo humano, educación no formal (por ejemplo, microcredenciales o certificados de industria), ingresan directamente al mercado laboral o entran al grupo de jóvenes que no estudian ni trabajan, que actualmente se acerca a los 2.5 millones en el país.

La educación es la herramienta más poderosa que tiene un país para romper la desigualdad. Según la evidencia, cada año adicional de educación de calidad se traduce en mejores ingresos, menor dependencia del Estado y mayor capacidad de participar en la democracia. Pero acceso sin calidad es una promesa incumplida. Porque el horizonte de todo esto no es solo que más jóvenes se gradúen sino lograr un país más equitativo, con menos pobreza, mayor crecimiento económico y más justicia real. Colombia no puede seguir siendo la excepción.

Empieza antes de lo que creemos

El error más caro que hemos cometido como país es llegar tarde. Invertimos en educación media y superior mientras descuidamos el momento en que todo se decide: los primeros seis años de vida.

A los dos años, el cerebro de un niño tiene tantas conexiones neuronales como el de un adulto. A los tres, el doble. En ningún otro momento de la vida ocurre un desarrollo tan acelerado, tan determinante. Lo que pasa o deja de pasar en esos años moldea la capacidad de aprender, de relacionarse y de construir una vida digna.

La ciencia es contundente: si invirtiéramos bien en primera infancia, las brechas que hoy nos parecen inevitables no llegarían a abrirse. Esta es la inversión más costo-efectiva que existe. La evidencia indica que, por cada dólar invertido, el retorno individual está entre 10 y 14 dólares por cada año de vida laboral.

El centro del proceso educativo es el profesor

Hablamos mucho de infraestructura, de tecnología, de currículos. Pero la calidad de la educación depende, más que de cualquier otra variable, de las y los profesores.

Un maestro bien formado, acompañado y valorado transforma vidas. Uno sin formación de alta calidad y sin respaldo institucional no puede dar lo que no tiene. El próximo gobierno tiene que poner la formación, el reconocimiento social y la evaluación del cuerpo docente en el centro de su política educativa como prioridad.

Pertinencia: que la educación sirva para la vida

Uno de los factores más silenciosos de la deserción es que los jóvenes no ven para qué les sirve lo que aprenden. En muchos lugares del país existe una desconexión real entre lo que ofrece el sistema y lo que necesitan los jóvenes y sus territorios.

Articular la educación media con formación técnica y tecnológica de calidad en los últimos años del bachillerato ha demostrado funcionar: mejora la retención, aumenta la graduación y conecta a los jóvenes con oportunidades concretas de trabajo. En Colombia, el 70% de las ocupaciones en nuestro mercado laboral son técnicas y operativas. Sin embargo, las empresas no siempre encuentran el talento necesario para estas ocupaciones debido a que la calidad de esta formación no es óptima.

La educación superior necesita financiación, no marchitamiento

La inteligencia artificial transformará profundamente la educación a todos los niveles: la forma de enseñar, de aprender, de evaluar y de trabajar. Si no cumplimos primero los mínimos de calidad educativa, la IA no nos impulsará sino que nos rezagará aún más. Es mejor evitar ese posible futuro.

El debilitamiento del Icetex y la ausencia de programas robustos de becas han cerrado puertas que ya eran estrechas. La educación superior (universitaria, técnica, tecnológica) requiere un sistema de financiación que involucre a todos: gobierno nacional, gobiernos locales, empresas, universidades, familias y egresados. No como contribución caritativa sino como inversión robusta en la productividad del país.

Estamos aún a tiempo de formar el talento humano que Colombia va a necesitar en los próximos quince años. Pero la ventana no es infinita: la tasa de natalidad está cayendo más rápido de lo previsto en Colombia y en Latinoamérica. 

Lo que está en juego

Con jóvenes sin esperanza y sin posibilidades reales de construir una vida digna, no hay democracia que resista. El próximo gobierno heredará un país con fracturas profundas. Tiene la opción de seguir administrándolas o de empezar a cerrarlas. La educación no lo resuelve todo, pero sin educación nada se resuelve.

Las universidades no podemos quedarnos solo diagnosticando. Somos parte del sistema y parte de la solución: en cómo formamos maestros, en cómo producimos investigación que aterriza en política pública, en cómo abrimos puertas a jóvenes que el sistema dejó atrás. Una universidad que se piensa como actor público no puede mirar este momento desde la tribuna.

Esto nos concierne a todos: a quienes gobiernan, a quienes aspiran a hacerlo, y a quienes desde la ciudadanía tienen la responsabilidad de exigir. Colombia necesita un pacto real con la educación, en las decisiones, en la coherencia entre lo que se promete y lo que se hace. El momento es ahora. Después, simplemente será tarde

*Rectora de la Universidad de los Andes
 

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