
Soy empresario. Y lo digo con orgullo, no como una etiqueta de privilegio, sino como una forma de vida: la de quienes se levantan todos los días a generar valor, a crear empleo, a sostener familias, a pagar impuestos, a arriesgar patrimonio, tiempo, salud y tranquilidad para sacar adelante un proyecto.
Durante demasiado tiempo se ha querido instalar en Colombia una narrativa peligrosa: que el empresario es el enemigo. Que quien crea empresa debe pedir perdón. Que quien genera riqueza es sospechoso. Que quien emplea, invierte y produce representa un problema y no una solución. Esa narrativa no solo es injusta; es profundamente destructiva.
Porque empresario no es únicamente el accionista de una gran compañía. Empresario es también la señora que abre su tienda antes de que salga el sol. Es el campesino que trabaja la tierra. Es el conductor que sale a buscar el sustento diario. Es el joven que vende por redes sociales. Es el profesional independiente. Es el informal que monta un puesto en una esquina para llevar comida a su casa. Es quien contrata a una persona, quien paga una nómina, quien se endeuda para comprar una máquina, quien se trasnocha pensando cómo no fallarle a su equipo.
Colombia no se sostiene sobre discursos. Colombia se sostiene sobre trabajo.
Según el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, los informes de tejido empresarial se basan en las empresas activas registradas en el RUES y en los micronegocios medidos por el DANE; es decir, el país tiene un entramado productivo que va mucho más allá de las grandes compañías y que incluye millones de unidades económicas formales e informales. Además, en el primer semestre de 2025 se crearon 173.907 empresas, y prácticamente todo ese dinamismo vino de las microempresas, que siguen siendo la principal vía de emprendimiento en Colombia.
Ese dato debería hacernos reflexionar. Cuando se ataca al empresario, no se está atacando a un club exclusivo. Se está atacando al tejido vivo de Colombia. Se está atacando al pequeño comerciante, al emprendedor, al tendero, al restaurante de barrio, al taller, al transportador, al campesino, al generador de empleo formal y al trabajador que depende de que esa empresa siga abierta.
Sin empresa no hay empleo. Sin empleo no hay consumo. Sin consumo no hay crecimiento. Sin crecimiento no hay recaudo. Y sin recaudo no hay educación, no hay salud, no hay seguridad, no hay infraestructura ni Estado social posible.
No es ideología. Es realidad económica.
La DIAN publica las estadísticas oficiales de recaudo de los tributos administrados por la entidad, incluyendo recaudo anual y mensual por tipo de impuesto. Pero detrás de cada cifra tributaria hay algo que a veces olvidamos: una venta, una nómina, una factura, una empresa, una persona trabajando. Los impuestos no nacen del Estado; nacen de la actividad económica de quienes producen.
Por eso es tan grave convertir al empresario en villano. Un país que desprecia a quienes producen termina destruyendo su propia capacidad de financiar los derechos que promete.
Y esto no se trata de enfrentar empresarios contra trabajadores. Esa es una mentira que nos ha hecho mucho daño. Empresa y trabajador no son enemigos naturales. Son parte de la misma realidad. Una empresa sana puede pagar mejores salarios, ofrecer estabilidad, capacitar, formalizar y crecer. Una empresa asfixiada solo puede recortar, congelar, endeudarse o cerrar.
En marzo de 2026, Colombia tenía una tasa de desocupación nacional de 8,8%, según el DANE. Pero el problema de fondo sigue siendo enorme: entre enero y marzo de 2026, el 55,3% de los ocupados en Colombia eran informales, y en las zonas rurales la informalidad llegaba al 83,2%. Esa es la verdadera tragedia nacional: demasiados colombianos trabajan sin protección, sin estabilidad, sin acceso pleno a seguridad social y sin una ruta clara de progreso.
Entonces la pregunta no debería ser cómo atacamos al empresario. La pregunta debería ser cómo multiplicamos a los buenos empresarios. Cómo formalizamos más negocios. Cómo ayudamos a que el pequeño crezca. Cómo hacemos que emprender en Colombia no sea una carrera de obstáculos. Cómo logramos que quien hoy vende informalmente pueda mañana tener una empresa formal, contratar, pagar prestaciones, acceder a crédito y crecer.
Crear empresa en Colombia no es fácil. Requiere valentía. Requiere resistir incertidumbre, cargas tributarias, trámites, inseguridad, cambios regulatorios, costos crecientes, competencia informal y, muchas veces, una cultura que mira con sospecha al que progresa.
Pero aun así, millones de colombianos lo intentan.
Lo hacen porque aman a su familia. Porque quieren libertad. Porque quieren dejarles algo mejor a sus hijos. Porque creen que la dignidad se construye trabajando. Porque, aunque el país muchas veces no se los reconozca, siguen levantándose todos los días a construir.
Yo defiendo a los empresarios porque defiendo a Colombia.
Defiendo al empresario grande que genera miles de empleos. Defiendo al mediano que está tratando de sobrevivir. Defiendo al pequeño que abrió su local con sus ahorros. Defiendo al informal que todavía no ha podido formalizarse, pero que trabaja con honestidad. Defiendo al trabajador que sabe que detrás de su empleo hay una empresa que debe vender, cobrar, pagar, competir y resistir.
Defender la empresa no es defender privilegios. Es defender la posibilidad de progresar.
Un país no se construye dividiendo a quienes trabajan. No se construye sembrando resentimiento. No se construye castigando al que produce ni culpando al empresario de todas las ineficiencias del Estado.
Un país se construye reconociendo que el progreso necesita esfuerzo, inversión, confianza, seguridad jurídica, ahorro, crédito, innovación y trabajo. Se construye entendiendo que la riqueza no se reparte antes de ser creada. Se construye valorando a quienes generan valor.
Yo quiero una Colombia donde nuestros hijos no sueñen con irse. Una Colombia donde emprender sea motivo de orgullo. Donde crear empleo sea reconocido. Donde trabajar duro no sea motivo de sospecha. Donde el éxito honesto no sea castigado. Donde el que madruga, arriesga y construye no tenga que pedir perdón.
Llegó el momento de levantar la voz. Con respeto, pero con firmeza. Con datos, pero también con emoción. Con argumentos, pero sobre todo con amor por Colombia.
Porque los que construimos este país somos más.
Y ya es hora de recordarlo.
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