
Cualquiera que sea el ganador en la contienda presidencial de este 21 de junio tendrá que afrontar un reto mayúsculo: construir una gobernabilidad mínima para gobernar bien.
De esto se ha hablado poco durante la campaña, aunque se trata de un asunto crucial: ¿cómo piensan los candidatos que sus propuestas se lleven a la práctica?
Ninguno de los dos, ni Cepeda ni De la Espriella, van a contar con mayorías incondicionales parlamentarias al ser elegidos. En el mejor de los casos dispondrán de un 25 o 30 por ciento de la bancada parlamentaria.
Con estos porcentajes será imposible que se abran camino el grueso de las iniciativas bosquejadas por cada uno de ellos durante la campaña.
Hay dos posibles caminos entonces para enfrentar esta enorme dificultad.
El primero es el que ha utilizado el presidente Petro desde cuando él mismo dinamitó la coalición de gobierno que lo acompañó durante el primer año de su mandato. Es el método del insulto permanente contra el Congreso. De la queja de que ha estado bloqueado. Y de los intentos persistentes para encontrar atajos que le permitan legislar por fuera de los marcos parlamentarios, como son las frecuentes declaratorias de emergencias económicas o de otros estados de excepción.
Petro tampoco ha contado con mayorías incondicionales en el Congreso ni con una coalición sólida desde cuando renunció a la que lo acompañó al inicio de su mandato. Su discurso hace pensar que cree estar siendo traicionado por el Congreso por el solo hecho de que éste no le aprueba todo lo que se le ocurre a la Casa de Nariño.
Este método de Petro ha resultado primitivo y estéril. El balance que deja en materia de leyes es muy deficiente. Y ha sido sin duda una de las causas de la profunda ‘polarización insultante’ que impera en el país.
El segundo método —como sucede en las democracias modernas cuando el gobierno no cuenta con mayorías parlamentarias— es el de forjar coaliciones que permitan tramitar un programa de gobierno.
Es lo que se llama frecuentemente un gran “pacto nacional” o marco para sacar adelante un programa de gobierno dentro de los causes democráticos. Que es justamente cuya construcción tendrá que liderar el nuevo presidente desde el primer día de su gobierno.
Si el próximo mandatario no lidera un gran pacto nacional (recuérdese: ninguno de los dos finalistas dispondrá de mayorías en el Congreso), correremos el riesgo de caer en el primer método. Que es fatal y no conduce a otra cosa que al insulto permanente, que es lo que ha prevalecido durante los últimos tres años. O a la falsa creencia —que ha sido la de Petro— de pensar que el Congreso (donde nunca ha contado con mayorías) está en la obligación de aprobarle a pie juntillas todos los proyectos de ley que le manden desde la Casa de Nariño.
El próximo cuatrienio será, pues, un tiempo propicio para desarrollar las buenas prácticas a la manera cómo funcionan las democracias representativas. Y para descubrir cómo se puede gobernar bien sin tener mayorías en las bancas parlamentarias. Y sin recurrir al insulto permanente como lenguaje de gobierno.
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