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David Colmenares
Puntos de vista

Dejar la mesa puesta

El 31 de julio cerraré una etapa que ocupó una parte importante de mis días durante casi una década.
Podría convertir esta columna en un balance. O, peor aún, en un intento de escribir mi propio legado: ordenar recuerdos, enumerar resultados, escoger las escenas que mejor explican el camino y ponerles un nombre solemne a estos años.

No lo haré.

Nunca me han gustado los líderes que hablan de su legado.

El legado no existe.

Existen las consecuencias.

Una decisión que abrió una puerta. Otra que la cerró demasiado pronto. Personas que encontraron espacio para crecer.

Otras a las que quizá no supe ver. Confianzas construidas. Errores que alcancé a corregir y algunos que probablemente nunca advertí.

No puedo escribir la versión definitiva de mi paso por Allianz. Si mi balance fuera demasiado generoso, sería propaganda. Si fuera excesivamente severo, podría ser otra forma de vanidad.

Hay otra tentación cuando uno termina una etapa: creer que el cargo terminó pareciéndose demasiado a la vida.
Y hay una frontera que conviene no perder de vista: por importante que haya sido, este es un trabajo.

No la vida.

No la prolongación de quien soy.

Eso no le resta valor.

Puedo sentir un enorme orgullo por lo que hicimos sin convertir el cargo en identidad ni ese orgullo en un derecho sobre lo que viene.

No necesito hacer pequeño lo vivido para poder soltarlo.

Max De Pree escribió que la primera responsabilidad de un líder es definir la realidad y la última, dar las gracias.

La realidad que hoy me corresponde aceptar es sencilla.

Las personas somos irrepetibles.

Los cargos deben ser reemplazables.

Mi tarea ahora es abrir espacio, acompañar a quienes reciben el relevo hasta el último día y entregar con honestidad.

Les debo la verdad sobre lo que funciona y lo que no. El contexto para comprender las decisiones. Los asuntos difíciles, sin adornos.

Y después, libertad.

Porque entregar un cargo no es lo mismo que dejarlo.

También hay que saber hacerse a un lado.

Durante mucho tiempo creí que terminar bien una etapa significaba dejarlo todo resuelto.

Ya no lo creo.

Nadie deja todo resuelto.

Terminar bien no es dejar todo resuelto.

Es dejar todo claro.

Lo que funciona.

Lo que no.

Lo pendiente.

Lo difícil.

Y la verdad.

Aunque incomode.

Después queda dar las gracias.

Gracias a quienes hablaron claro, decidieron a tiempo y confiaron, especialmente cuando hacerlo tenía un costo.

A quienes me dijeron que no.

Sobre todo a ellos.

A quienes me dijeron las cosas de frente, incluso cuando yo no supe escucharlas a la primera.

A quienes me hicieron cambiar de opinión.

A quienes sostuvieron conversaciones difíciles cuando era más fácil callar.

A quienes cuidaron a nuestros empleados, intermediarios, clientes y comunidades con la convicción de que detrás de cada decisión siempre había una persona.

Gracias a quienes me hicieron mejor líder.

Y, muchas veces, mejor persona.

No todas las lecciones merecen gratitud.

También hay un no gracias.

No gracias al miedo que posterga decisiones.

A los que deciden callar ante la injusticia.

Al silencio que se disfraza de prudencia.

A la tentación de dejar para otro las conversaciones que todavía nos corresponden.

Aprendí —a veces demasiado tarde— que casi nada bueno nace de una verdad aplazada.

El agradecimiento verdadero no reclama reciprocidad.

Se dice porque corresponde.

Me voy orgulloso de mucho, consciente de mis errores y profundamente agradecido por lo vivido.

Ese orgullo no necesita convertirse en legado.

Tampoco me concede derechos sobre el futuro.

En estos días quiero dejar la mesa puesta.

Las cuentas claras.

Los pendientes nombrados.

El agradecimiento dicho.

Y las sillas libres.

Después cambiará la distribución.

Llegarán otras voces.

Habrá decisiones que yo no habría tomado y aciertos que ya no me corresponderá celebrar.

Así debe ser.

Porque uno no demuestra quién fue por el espacio que ocupó mientras estuvo.

Sino por el espacio que es capaz de dejar cuando se va.

Quiero irme así.

Sin voltear la mesa.

Sin dejarla vacía.

Con la tranquilidad de haber ayudado, junto con muchos otros, a servirla durante un tiempo.

Al final del día, es un trabajo.

Uno inmensamente importante.

Uno que quise profundamente.

Pero un trabajo.

Y la vida, por fortuna, siempre será más grande.

Solo por hoy.
 

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