
Doce años construyendo una empresa desde cero. Resultados que no crecían. Y una pregunta que lo cambió todo: ¿usted dirige una empresa o la está cargando solo?
Por: Luis Alberto Arango
Andrés llevaba 12 años dirigiendo una empresa de logística en Medellín. Había construido todo desde cero: los procesos, los clientes, el equipo. Era el primero en llegar y el último en salir. Conocía cada detalle operativo mejor que cualquiera de sus colaboradores. Y sin embargo, cada vez que miraba los resultados, sentía que la compañía crecía menos de lo que debería.
Fue en un programa de formación para Gerentes Generales donde alguien le hizo la pregunta que cambió todo: ¿Usted dirige una empresa o la está cargando solo?
La diferencia, descubrió Andrés esa semana, no es semántica. Es la brecha que surge entre una organización que depende de una persona y una que verdaderamente funciona como un sistema articulado y coordinado.
Muchos de los mejores gerentes que llegan a la primera línea de dirección traen consigo una herencia difícil de cambiar: fueron formados en el mando y el control. Aprendieron a dirigir siendo los más capaces, los más rápidos, los que resolvían todo. Y eso, que fue su mayor virtud en niveles intermedios, se convierte en su mayor obstáculo cuando asumen la dirección general.
El gerente general que microgestiona
—microgerencia— no solo desperdicia su propio tiempo. Hace algo peor: genera dependencia en su equipo, instala el miedo a equivocarse y paraliza a quienes deberían estar tomando decisiones. El resultado es una organización que espera, que consulta todo, que no avanza sin permiso del jefe.
Andrés reconoció ese patrón en sí mismo. Cada vez que uno de sus directores le llevaba un problema, él lo resolvía. Creía que era eficiente. En realidad, estaba añadiendo más pisos al edificio de su propio agotamiento y el de su compañía.
La función del gerente general no es hacer. Es hacer hacer, y cuando el equipo está listo, dejar hacer. Esa distinción —simple en palabras, enorme en la práctica— define la diferencia entre un gerente operativo y un verdadero líder estratégico.
"El gerente general que microgestiona
—microgerencia— no solo desperdicia su propio tiempo. Hace algo peor: genera dependencia en su equipo, instala el miedo a equivocarse y paraliza a quienes deberían estar tomando decisiones. El resultado es una organización que espera, que consulta todo, que no avanza sin permiso del jefe".
El trabajo real de un Gerente General se concentra en tres procesos fundamentales que, curiosamente, muchos ejecutivos descuidan precisamente porque se ocupan de lo urgente descuidando lo importante.
El primero es la estrategia. Acordar con los dueños o la junta directiva hacia dónde va la empresa. Leer el entorno con honestidad y polo a tierra, no con optimismo forzado. Definir, con claridad, cómo va a ganar la organización en su mercado. Estas no son tareas que se deleguen. Es la razón de ser del cargo.
El segundo es el liderazgo de la organización. Encarnar la estrategia en cada decisión, en cada conversación, en cada señal que el equipo recibe. Y conducir a través del equipo directivo, no por encima de él ni alrededor de él. Aquí hay una clave que Andrés tardó en entender: el gerente general no puede liderar a toda la organización en simultáneo. Su soporte real son los pocos líderes que le reportan y que multiplican su impacto hacia todos los demás. Invertir en esas personas es invertir en toda la empresa.
El tercero, y el más olvidado, es el liderazgo personal. La agenda de trabajo sobre sí mismo. Leer, estudiar, pensar. Autoevaluarse con rigor, no con autocomplacencia. Cuidar el diálogo interior, ese que en los momentos de presión puede sabotear las mejores decisiones. La dirección general no es solo una función técnica. Es también, profundamente, un ejercicio interior.
“Al principio, su equipo se desconcertó. Algunos interpretaron el cambio como desinterés”.
Al volver al trabajo, Andrés hizo algo pequeño que tuvo un efecto grande: dejó de resolver los problemas que le llevaban. Empezó a devolver preguntas. ¿Usted qué propone? ¿Qué opciones evaluó? ¿Qué necesita de mí para decidir?
Al principio, su equipo se desconcertó. Algunos interpretaron el cambio como desinterés. Pero poco a poco algo comenzó a transformarse: los directores empezaron a llegar con soluciones, no solo con problemas. Las reuniones se hicieron más cortas. Y Andrés, por primera vez en años, tuvo tiempo para pensar en dónde quería estar la empresa en tres años.
“La dirección general no es solo una función técnica. Es también, profundamente, un ejercicio interior”.
Ese es el espacio que un gerente general debe proteger: el tiempo para mirar lejos, para construir equipo, para trabajar en sí mismo, para tener una mirada desde los 50.000 pies de altura. Su agenda debería ser, en su mayoría, de actividades que forjen el futuro de su organización.
La pregunta no es si un gerente general puede o debe seguir cargando la empresa. Probablemente podrá. La pregunta es si eso es lo que la empresa realmente necesita de un gerente general.
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Nota: El personaje y situaciones de esta columna son ficticios, construidos a partir de patrones comunes observados en el ejercicio directivo. Cualquier semejanza con personas o empresas reales es coincidencia.
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