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Adriana Arjona
Puntos de vista

Entrega de Naxime

Recuerdo como si fuera ayer el día en que descubrí que no me sabía el himno nacional y que me había inventado dos palabras. Tenía siete años y estudiaba en un colegio de monjas donde se hacía una cosa llamada Sesión Solemne, en la que se izaba bandera, se cantaba el himno nacional y se premiaba a las mejores estudiantes del mes. 

Aquella era la primera vez que yo asistía a un evento de semejante envergadura. Todas íbamos impecables, con el uniforme de gala perfectamente planchado, la falda debajo de la rodilla, los zapatos embolados y los cordones de un blanco inmaculado. En el pelo algún adorno que hiciera juego con el azul del saco o el blanco de la camisa, nada muy grande. Cero joyas, a menos de que fuera una cadenita con una cruz o las Tres Gracias, cosas que yo no tenía ni me interesaban. 

Ese día hice la fila para ubicarme en mi silla, sobre la cual había un esténcil que todavía olía a alcohol. En la hoja estaba escrita la letra del himno. Qué bobada, pensé, ya me lo sé. Pero igual empecé a leerlo con sobradez mientras lo tarareaba en mi cabeza. No tenía idea de qué significaba la palabra inmarcesible, pero me sabía de memoria esa línea. Oh, gloria inmarcesible, oh, júbilo inmortal. Me burlaba de las niñas que decían en surcos de colores, en vez de en surcos de dolores. Muchas mensas, pensaba yo. Seguí tarareando bajito cuando de repente llegué a una línea que pensaba saberme a la perfección, pero en el esténcil no lograba encontrar las palabras. En mi mente el verso decía: la humanidad entera / que entreca de naxime, pero eso no era lo que en la hoja aparecía. Lo que estaba escrito era la humanidad entera / que entre cadenas gime.

Volví a leer y a comparar. Entre cadenas gime. Entreca de naxime.

¿Cómo podía ser? Ese día yo izaría bandera, era la mejor del curso. Tuve miedo de que las demás niñas supieran que en realidad era una imbécil que se inventaba palabras absurdas y las unía para armar frases sin significado alguno. 

¿Qué pensaba yo que era entreca? ¿Qué podía ser naxime? ¿Eran verbos o sustantivos? 

Empecé a armar posibles oraciones en mi cabeza. Esa niña es muy entreca. Me gusta el arroz más naxime. Deje la naximeadera que me tiene entreca.

Estaba en esto cuando empezó a sonar la apertura del himno. Todas las niñas se pusieron de pie. El esténcil temblaba entre mis manitas regordetas. Sentí que las monjas podrían leer mi mente y decidir que no merecía izar bandera ese día. Mi primer día de Sesión Solemne. 

A pesar de la vergüenza que pasé en silencio, hoy quisiera volver a tener siete años. Quisiera seguir pensando que la letra del himno decía: la humanidad entera / que entreca de naxime. Así no sabría que es cierto: que la humanidad entera entre cadenas gime. Y seguirá gimiendo. Porque el presidente de Estados Unidos confunde grandeza con poder. Usa el poder para destruir. Y destruye sin compasión ni arrepentimiento. 

Ese hombre hace trampa frente al mundo, dentro y fuera de la cancha, y nada ni nadie puede detenerlo. 

Ese hombre estará en el poder dos años y medio más, y de repente parece demasiado por el daño que es capaz de causar por segundo. El tiempo podría alcanzarle para acabar no solo con una civilización sino con varias. Sin duda seguirá haciendo negocio con la muerte. Sus bolsillos parecen no tener fondo y su maldad es inmarcesible. Ahora, que entiendo el significado de esa palabra, sé que es así. 

Ese hombre está logrando que las creencias religiosas de algunos se conviertan en leyes para todos. Y su lobby es tan grande y poderoso que está consiguiendo lo impensable: que se hable de un pueblo elegido, como si los humanos, todos, no lo fuéramos; que se prohíban libros y frases; que la Policía del mundo aprese a ancianos que se manifiestan por la vida, mientras que dejan libres a los responsables de miles de masacres; que los niños sean vistos como enemigos peligrosos; y que algunas mujeres piensen que no necesitan los derechos que tanto trabajo nos ha costado conquistar, como el voto o decidir sobre nuestros propios cuerpos. 

Ese hombre, tristemente, es el jefe del presidente electo de Colombia. Al volverse ciudadano estadounidense, nuestro nuevo mandatario le juró lealtad a esa bandera, a ese himno, y parece ser igual de trumposo (no es difícil seguir inventándose palabras). No ha asumido el poder y ya se le pueden contar varias incoherencias, mentiras, bravuconerías y nombramientos payasescos que han defraudado a muchos de sus votantes. 

Dan ganas de irse a dormir y soñar. Porque la realidad es una pesadilla. Una pesadilla tan entreca como naxime.

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