
Quienes me conocen saben que una de las primeras cosas que hice hace diez años, después de posesionarme como alcalde de Cali, fue colgar en la pared del despacho un calendario con 1460 hojas desprendibles. Fue un regalo que me dio mi consuegro para que siempre recordara que había una vigencia ―en este caso de cuatro años―, y que solo tenía esa cantidad de días para hacer todo lo que quería lograr. De manera que todos los días, antes de devolverme a mi casa, arrancaba una hoja de ese calendario para tener muy claro cuánto tiempo me quedaba para cumplir.
Mi pretensión no es que otros gobernantes hagan lo mismo. Pero no se me ocurre una mejor forma de ejemplificar el poco tiempo que tiene cualquier persona elegida democráticamente para hacer lo que la gente espera que haga, además de todo lo que prometió. Y esto incluye desde el presidente de la República hasta el más humilde funcionario.
Así que para aprovechar al máximo el tiempo que me quedaba, tomé la decisión de atender personalmente, tres días a la semana, a los ciudadanos que buscaban soluciones a sus problemas. Madrugaba a las 3:00, como lo he hecho siempre, y a las 4:00 ya estaba en el despacho de la alcaldía recibiendo a la gente, por orden de llegada, hasta las 8:00. En cuatro horas atendía a doscientas personas en promedio. Muchas de ellas hacían fila desde la noche anterior para hablar por primera vez con un alcalde.
La mayoría eran vendedores ambulantes que pedían que estableciera un lugar fijo para trabajar y desempleados buscando oportunidades laborales para solventar sus necesidades económicas. Mentiría si dijera que resolví todos sus problemas. De hecho solo pude solucionar el 10 por ciento de las peticiones que me hicieron. Sin embargo esos encuentros sin intermediarios fueron valiosos para reconocer y tratar con humanidad a quienes dependen de un gobierno para transformar su realidad, y también para construir confianza de parte y parte.
Yo sé muy bien que hace rato las redes sociales reemplazaron la forma de hacer política. Desde hace varios años es más efectivo publicar videos en Tik Tok que dar discursos en las plazas públicas. Pero cuando uno asume la dignidad de gobernar, lo debe hacer para todos, no para unos pocos. Apenas uno se posesiona, empieza una carrera a contrarreloj para intentar dejar una ciudad, un departamento o un país entero mucho mejor que como lo recibió. Y para cumplir ese mandato hay que madrugar mucho, abrir las puertas, tender puentes, trabajar duro y ser buena persona.
Lo anterior cobra mucha relevancia teniendo en cuenta que cuatro años no es mucho tiempo. Todos los gobernantes tienen los días contados porque saben muy bien cuándo comienzan, pero también la fecha exacta en que deben entregar el poder. Ningún cargo es eterno. Pero si quien lo ocupa hace las cosas razonablemente bien, de golpe puede dejar un legado que perdure. Por eso es preferible que los 1460 días que dura un periodo sean usados para trabajar por la gente, no para ignorarla ni oprimirla.
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