
No podemos negar que somos un país con una capacidad extraordinaria de superarse a diario, y de qué manera. Especialmente, en la maldad. En eso, sí que nos va bien.
Asistimos a un espectáculo dantesco que de vez en cuando —y de cuando en vez— nos sobresalta. Estamos ya tan acostumbrados a la maldad, a la sevicia, a la perfidia, que sin importar que a diario suceden cosas inenarrables, algunas veces una resulta peor que la más terrible. Lo cual es, verdaderamente, aterrador.
Una mujercita de rostro hermoso, comenzando a vivir, se toma una foto luciendo un vestidito a rayas, que le destaca su preciosa maternidad. Se llama María. Bueno, se llamaba, porque la hallaron muerta en la ribera de un caño que va por el oriente de la ciudad de Cali, sí, la misma de la canción aquella, la de “las caleñas son como las flores/que vestidas van de mil colores”.
La encontraron el 20 de julio, después de completar cuatro días desaparecida. Un crimen más, de una mujer más, en esta nación que se enorgullece de sus mujeres, de sus curvas, de sus gracias, de sus voluptuosidades, de sus talentos, pero que —muchas veces y en muchas partes— tratamos como basura. Hay que decirlo.
Luego vamos descubriendo que esto no es lo peor. Resulta que su bebé, de ocho meses de gestación, no aparece. Es una niña y su mamá ya le tenía nombre, Alihana, pero nadie sabe dónde está. Alguien la extrajo del cuerpo de María y se la llevó. Qué escabrosa escena, no alcanzo a imaginarla, qué doloroso y angustiante momento debió ser para María, qué triste que comience así la vida de esa bebé en este mundo, qué malvada la persona que lo hizo, no hay justificación para eso, no hay perdón de Dios que la absuelva.
No hay forma de arreglar esta situación. Ni este país.
El viernes, la Defensoría del Pueblo publicó un comunicado que muestra, de forma perfecta, el estado actual de nuestra sociedad. El sólo título ya causa escalofrío: “Feminicidios en distintas regiones del país y la desaparición de un bebé no nacido exigen medidas urgentes”.
Me perdonan, pero yo hubiese titulado diferente. Por ejemplo: “Apague y vámonos”.
En Líbano, Tolima, María Alejandra fue asesinada en su propia casa por su pareja —o su expareja, ya qué importa— con arma cortopunzante, en la madrugada del pasado 19. El señor no aceptaba el fin de la relación.
En Barranquilla, Herianny aún estaba en el colegio donde cursaba décimo grado y —hace poco tiempo— aceptó irse a vivir con su pareja, pero éste terminó metiéndole un tiro en el pecho. Ella tenía apenas 16 añitos.
En Valledupar, Yasleidis fue muerta a punta de golpes, hasta quedar casi irreconocible. Se sospecha de su pareja sentimental.
No sigo porque ya me duele el estómago. Apenas decirles que el año pasado hubo 125 feminicidios registrados. Y que en el primer semestre de este 2026 se contaron 30. Ojo, feminicidios, no casos de intolerancia ni conflictos de pareja ni hechos aislados. Feminicidios.
Yo pensé que iríamos a estar escandalizados, pero la verdad es que el comunicado ha pasado medio de agache. Debe ser porque estamos embelesados con saber quién ganará el innecesario pulso de la posesión presidencial en una base militar, si el Gobierno que se va o el Gobierno que llega. Y, además, aún hay trazas del guayabo postmundialista, que se revivió con la confirmación en el cargo del responsable del fracaso de Colombia en el Mundial (yo creo que fue un fracaso).
Y Cali, Cali pues —como todos— tratando de seguir adelante. Vi que ayer celebraron sus 490 años de fundación. Y que ya ofrece 250 millones de pesos como recompensa por información que conduzca a la captura de los cuatro sospechosos del crimen de María, la de la fotico con el vestido de rayas.
Será cuestión de tiempo para que los atrapen. Todo apunta a una mujer que le hacía creer a su pareja que estaba embarazada y que —de forma sospechosa— se hizo amiga de María, a quien habría engañado por completo. Y, bueno. El resto, ya todos lo imaginamos.
Maldita sea, María (y María Alejandra, y Herianny, y Yasleidis) está muerta, su bebé no aparece y mañana hay que levantarse a trabajar dizque por un mejor país, ese que —se supone— le vamos a dejar a nuestros hijos.
Como colombiano, hoy siento total vergüenza de esta sociedad que nos tocó.
@JaimeHonorio
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