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Yannai Kadamani Fonrodona
Puntos de vista

No más batallas

En los últimos días, algunos parecen celebrar el supuesto descubrimiento del «valor estratégico» de la cultura. La noción de batalla cultural ha producido incluso una nueva estirpe de líderes político-culturales, convencidos de que las culturas producen soldados, disciplinan identidades, fabrican progresistas o fascistas y organizan el mundo con el único propósito de reclutar votantes. La metáfora bélica supone que la experiencia cultural de la humanidad se reduce a frentes, enemigos, derrotas y victorias para preservar un determinado orden mundial.

No hay en esta teoría, reciclada en Latinoamérica por Agustín Laje, ninguna innovación intelectual; sí, en cambio, un evidente empobrecimiento del sentido mismo que atribuye a la cultura. Que la cultura produce significados compartidos es algo que la antropología, la sociología y la filosofía vienen explicando desde hace más de un siglo. Cualquier estudiante de ciencias sociales se encuentra con esa idea durante los primeros semestres, al leer a ciertos pensadores del siglo XX que comprendieron que el poder no se sostiene únicamente mediante las leyes, sino también a través de los símbolos, los lenguajes, las costumbres y los consensos que una sociedad construye con el tiempo. De esa constatación, se sabe que entre la política y la cultura existe una relación profunda y compleja, pero jamás una relación de subordinación. Convertir la intuición de Gramsci y otros en un manual de innovación de gestión gubernamental supone una lectura sorprendentemente superficial de su pensamiento y del propio concepto de cultura. Es una fantasía administrativa, como creer que una partitura basta para producir una sinfonía.

Nuestra diversidad cultural no existe porque la Conquista la hubiera previsto o promovido, ni porque algún imperio o Estado la hubiese diseñado. Existe, precisamente, porque logró escapar a las pretensiones homogeneizadoras que han acompañado toda empresa de dominación. Nuestras culturas —y los debates que las atraviesan— han perdurado porque comunidades insistieron, durante siglos, en preservar lenguas, músicas, celebraciones y saberes, mientras también se continúan produciendo nuevas mezclas, siempre porosas e imprevisibles, imposibles de fijar en una identidad única ni en una batalla ideológica. Un encocado del Pacífico no ha buscado ni buscará inclinar a nadie hacia una agenda progresista, solo aspiran quienes lo consumen a seguir habitando la vida desde su experiencia y que quienes heredaron esa receta puedan vivir dignamente de ella, transmitirla a sus hijos y compartirla con otros. Degustarlo no convierte a nadie en militante de una causa. Lo convierte, con un poco de suerte, en alguien que ha comprendido un fragmento de la historia de este país.

La verdadera novedad consistiría en aceptar que la cultura es, precisamente, aquello que nunca termina de dejarse gobernar. Desborda los programas de gobierno y sobrevive a los cambios de régimen. No cabe entera en los discursos de quienes desean convertirla en un instrumento de poder ni en los de quienes pretenden domesticarla para custodiar un supuesto orden moral.

Quizá habría que aceptar una verdad menos heroica y mucho más incómoda para todo: la cultura nunca termina de pertenecerle a nadie. No pertenece a los gobiernos, ni a los partidos, ni siquiera a quienes la producen. Circula, muta, traiciona a sus autores, cambia de significado, sobrevive a los regímenes y observa, con una paciencia casi geológica, el paso de quienes alguna vez creyeron haberla conquistado.

La invitación a la ministra designada es a privilegiar el diálogo intercultural sobre la idea de las batallas culturales. Antes que adoptar el lenguaje de las trincheras ideológicas, vale la pena conversar sobre la complejidad de un país que se sigue debatiendo entre las carencias y potencias de todas sus diversas identidades. Después de todo, una cultura se deteriora cuando todos empiezan a marchar al mismo paso.

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