
Mi apellido siempre fue raro. De pequeña, nunca conocí a otro Arjona que no fuera de mi familia.
En mi temprana adolescencia, un amigo me regaló un jabón pequeñito que tenía mi apellido en bajo relieve. Me dijo que era de un hotel, pero después alguien me aseguró que era un “jabón chiquito”, de esos que se usan en los moteles donde la gente paga una habitación por horas para tener sexo. Fue incómodo volver a ver a ese amigo que, evidentemente, me sugería algo que en mi inocencia no entendí.
En la universidad, las cosas se pusieron difíciles cuando saltó a la fama Ricardo Arjona. Mi espíritu roquero sufría con melodías tan melcochudas y esas letras en las que rimaba todo con todo, como si las hubiera escrito un niño de preescolar. Ni hablar de su famoso tema religioso, en el que decía: “Jesús, hermanos míos, es verbo no sustantivo”, o de ese adefesio en el que nos dejaba ver lo comprensivo que era el cantautor con los cambios de humor de una mujer durante la menstruación en De vez en mes. Fue verdaderamente incómodo que la gente empezara a preguntarme con sorna: “Arjona, ¿eres algo de Ricardo?”.
Más incómodo aun cuando hace un par de años puse mi nombre en Google y descubrí que la hija de Ricardo se llama igual que yo. Adria Arjona es su nombre artístico. Algunas personas me dicen Adria, aunque no soy tan joven, ni tan bella, ni tan exitosa, ni me voy a la cama todas las noches con Jason Momoa.
Después de la noticia de la hija de Ricardo, es decir, tras confirmar (como ya sabía) que no soy nadie, pensé que la cosa no podía ponerse peor. Pero Murphy nunca defrauda. Y entonces apareció el nuevo ministro del Medio Ambiente, Fabio Arjona.
“Yo llegué tarde a la repartición del miedo”, dijo incontables veces Abelardo de la Espriella (ADLE) en campaña. Y, como Dios los hace y ellos se juntan, todo parece indicar que Fabito llegó tarde a la repartición de la conciencia ambiental, pues lo primero que hizo al posesionarse en la cartera fue echar para atrás la resolución que delimitó y declaró como Reserva de Recursos Naturales Renovables 1.499 hectáreas de la microcuenca de la quebrada La Baja, en el municipio de California, Santander. Arjona —Fabio, no Ricardo— asegura que la motivación es corregir un proceso mal hecho por la ministra anterior. Pero es un secreto a voces que detrás de esto están los intereses de Aris Mining, una multinacional canadiense con título minero en esa zona y —¡oh, coincidencia!— uno de sus accionistas es Serafino Iacono, dueño del 8 por ciento de Dominio de la Espriella, empresa productora del ron Defensor, marca lanzada por ADLE en 2022.
Arjona argumenta que estaba cumpliendo un mandato judicial y que el verdadero riesgo es la minería ilegal. El punto es que toda minería en Santurbán y sus alrededores pone en riesgo el abastecimiento de agua para 2,5 millones de personas en Santander y Norte de Santander. No por nada se declaró en asamblea permanente el Comité para la Defensa del Agua y el Páramo de Santurbán.
Al igual que Milei, Fabio Arjona debe pensar que el planeta no existe para contemplarlo y cuidarlo sino para romperlo. Y lo van a romper. No les importa crear una tragedia ambiental. Ni siquiera tras haber sufrido una catástrofe natural, como la que hemos vivido desde el 10 de agosto, cuando un terremoto de 7.4 estremeció gran parte del país y, de acuerdo con el último balance de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), ha dejado 329 víctimas mortales, 247 personas desaparecidas y 4.600 heridos.
Fabio Arjona llegó tarde a la repartición de conciencia ambiental, responsabilidad social y compromiso con las comunidades. Y no es el único. Su jefe, ADLE, no solo llegó tarde a la repartición del miedo. Todo parece indicar que llegó tarde, también, a la repartición de empatía, responsabilidad y diligencia.
Ni hablar de la bachiller no contratada para el empalme, pero con amplia plataforma para hablar al respecto, Jerome Sanabria, capaz de trinar un mensaje aterrador en X tras el sismo: “Milei dijo ‘zurdos hdp tiemblen’ y Colombia tembló”. Claro que todos podemos errar y después rectificar, como intentó hacerlo cuando la destrozaron en redes sociales. Pero el mensaje que escribió es más que un error: denota una ideología fundamentalista y cruel, una forma de ser y una cuestionable moral. Cuesta creer sus disculpas.
El ministro del Interior, Rodrigo Lara, parece haber llegado tarde, tardísimo, a la repartición de prudencia, respeto y tacto. Escucharlo hablar con esa condescendencia que intentaba restarle toda importancia a la situación desesperada de una comunidad en el Chocó, donde se atrevió a decir que los damnificados podrían reconstruir sus casas “en dos minutos”, con ese tono cachaco de club, fue indignante. Aunque no tanto como cuando aseguró que más que importarle los fallecidos y los heridos, le importaban los colegios bonitos que se destruyeron.
El vicepresidente, José Manuel Restrepo, culpó a Petro del caos tras el sismo. Él, junto a quienes se han atrevido a repetir semejante idea, llegó tarde a la repartición de la coherencia. Petro ya no ocupa la Presidencia: no es a él a quien le correspondía gestionar con oportunidad esta emergencia. Y sí, el director de la UNGRD del periodo anterior también llegó tarde a la repartición de responsabilidad; resulta inexplicable que un especialista en gestión del riesgo sostenga que la ayuda internacional no era requerida ante un desastre de tal magnitud. Sin embargo, eso no basta para endilgarle la culpa al exmandatario y, en cambio, da para cuestionar que ADLE abandonara el empalme, proceso tan definitivo para hacer un balance real de lo que se recibe.
“Denme tiempo”, dijo a la prensa ADLE, que también llegó tarde a la repartición del entendimiento de ciertos conceptos. El tiempo es muy difícil de entender. Borges hizo muchos intentos poéticos para explicarlo. Stephen Hawking también, pero desde la ciencia, al igual que Carl Sagan y Einstein, los que más. No entendemos el tiempo. Pero sí es evidente cuando no lo hay. Y después de un sismo está muy bien establecido: las primeras 72 horas son cruciales para salvar vidas. Pero no, el señor pidió tiempo, como si lo hubiera, y rechazó la ayuda de 250 topos mexicanos que llegaron al país dispuestos a colaborar, después de haber hecho hazañas increíbles en Venezuela, tras un sismo de la misma magnitud. Era más importante un burocrático papel que miles de vidas. Más importante una certificación diferente de la de la ONU, más importante la alineación ideológica con países como El Salvador y Ecuador, cuya experiencia y conocimiento en rescate no pueden compararse con la mexicana.
Y aquí estamos, con el país colmado de soldados —no de rescatistas— israelíes, sin que esta decisión hubiera pasado por el Senado, como lo exige el artículo 173 de la Constitución Política para permitir o negar el tránsito de tropas extranjeras por el territorio nacional. Estos agentes de un Estado genocida, que ni de lejos hicieron la fila para la repartición de humanidad, son expertos en devastar no en auxiliar; así lo confirman las imágenes que presenciamos a diario en Gaza, Siria y el Líbano. Estas tropas llegaron a nuestro país tarde y de manera ilegal.
Arribaron después de una tragedia detonada por la naturaleza, pero profundizada por un Gobierno indolente e irresponsable.
Quienes verdaderamente llegamos a tiempo para atender este desastre hemos sido los colombianos, incluso los que menos tienen, que se han desbocado para entregar comida, medicamentos, carpas y ropa. No balones con el logo de un partido político ni besos al aire, como ha hecho ADLE. La gente, las comunidades, los civiles, esos sí llegaron al instante. A ayudar y a servir sin pensar en el partido de la persona que estaban salvando; sin detenerse ante los colores ni las arengas de la izquierda o la derecha. Todas esas personas llegaron a tiempo a la repartición de sensibilidad, solidaridad, colaboración y dignidad.
ADLE y su equipo, ya que son tan creyentes, deberían aprenderse la letra de la canción que Ricardo le dedicó a Jesús: más verbo, menos sustantivo. Aunque ya sabemos que el nuevo presidente usa a Dios para lavarse las manos. Tal vez debería enviarle de regalo un ‘jabón chiquito’. Se lo mandaré a nombre de Adria Arjona. Seguramente lo hará sentir más guapo que Jason Momoa y se tirará besos al aire frente al espejo.
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