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David Colmenares
Puntos de vista

El destino del amor

En estos días, el amor ha encontrado un destino común.

Se vuelve agua, comida, cobijas y medicinas. Carga cajas, presta bodegas, organiza rutas y conduce camiones que todavía atraviesan el país. Se convierte en centros de acopio, ollas comunitarias y miles de personas que siguen dejando lo suyo para ayudar a desconocidos.

No solo vi esas imágenes: estuve en El Campín recibiendo donaciones. Y lloré.

Lloré porque, en medio de tanto dolor, reconocí un país que había llegado a creer perdido. Un país capaz de dejar a un lado la rabia y recordar que todavía sabe cuidar.

No hay nada hermoso en un terremoto. Lo sé: mi oficio de asegurador me llevó durante años a caminar entre escombros y a entender que hay pérdidas que no se reparan. Lo admirable está en la respuesta.

Durante los últimos cuatro años, el odio impuso su idioma en buena parte de nuestra conversación pública. El desprecio y la acusación se volvieron moneda corriente y, por momentos, ocuparon demasiado espacio.

Y, de repente, aparecen miles de personas dispuestas a cuidar a otras sin importar de qué región o país vengan, qué acento tengan, cuál sea el color de su piel, qué apellido lleven, en qué crean o a quién amen.

Sin pedir nada a cambio. Solo porque saben que alguien necesita ayuda.
Las catástrofes no crean esa bondad. La revelan.

Nos recuerdan que debajo del ruido y de las peleas existe todavía una comunidad. Cuando comprendemos que algo puede pasarnos a todos, el pronombre cambia: dejamos de pensar solamente en “yo” y volvemos a decir “nosotros”.

Ya habíamos sentido algo parecido durante la pandemia. Por un tiempo creímos que el mundo había cambiado. Aplaudimos desde las ventanas, llamamos a quienes estaban solos y hablamos de salir mejores. Después cerramos las ventanas y, poco a poco, olvidamos aquella forma de cuidarnos.

Confundimos una revelación con una transformación.

Le pedimos a un acontecimiento que hiciera el trabajo de una costumbre.
Hace más de treinta años, en Por un país al alcance de los niños, Gabriel García Márquez escribió que “somos dos países a la vez”. En la misma proclama recordó que somos capaces “de los actos más nobles y de los más abyectos”.

No son dos clases de colombianos. Son dos posibilidades que conviven dentro de nosotros.

El terremoto volvió a ponerlas frente a frente, incluso en una misma carretera.
Una apareció en el ataque a tiros contra un camión que llevaba donaciones hacia Chocó.

Me llenó de rabia. No hay manera de suavizarlo: quienes dispararon pusieron en riesgo al conductor y la ayuda destinada a familias que ya lo habían perdido todo.

Pero la otra estaba en los camiones que siguieron adelante y en las miles de manos que no dejaron de ayudar.

Esa infamia también era real, pero no contenía toda la historia. Lo que me conmovió fue comprobar que todo lo demás era mucho más grande.

Ese es el país que quiero: uno capaz de reconocer su oscuridad sin permitir que ella lo defina.

En El Campín, esa posibilidad tuvo un rostro.

Vi a un padre poner una bolsa en el piso. Su hija, muy pequeña, sacaba las cosas una por una y las entregaba. No hubo discursos. No hacía falta: aquel padre estaba enseñándole a su hija el país que podemos ser.

La solidaridad permanece cuando pasa así, de mano en mano, hasta volverse costumbre.
La verdadera prueba comenzará cuando el impulso inicial se desgaste y la rabia intente recuperar nuestra atención. Entonces sabremos si solo vimos nuestra mejor versión o si decidimos vivir de acuerdo con ella.

Tal vez ese sea, por fin, el destino del amor: haber reconocido, cuando todo temblaba, el país que somos capaces de ser y decidir no abandonarlo después.

Porque amar también es eso: haberse elegido en lo más jodido y seguir eligiéndose mientras la vida sigue. No porque todo se vuelva fácil, sino porque quedarse exige coraje y cuidar es una decisión. El amor que llega en la desgracia conmueve; el que elegimos una y otra vez transforma la vida.
 

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