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Yezid Arteta Dávila
Puntos de vista

¡Diles que no me maten!

Desde el batallón La Popa de Valledupar fui llevado en un black hawk hasta la penitenciaría de Cómbita. Dos ametrallodoristas del ejército apuntaban sus armas hacía los filos por donde sobrevolaba la nave. Iba tirado sobre el compartimento de carga. Tenía las manos esposadas y sujetas a una cadena que rodeaba mi cintura. Un grillete, fijado por encima de mis tobillos, enlazaba mis piernas. Había pasado dieciséis meses en un calabozo de la penitenciaría de Valledupar, la tristemente celebre “Tramacúa”. Me había enflaquecido de tal modo que me veía como el abate Faria, el clérigo que en la prisión de If convirtió al desgraciado Edmund Dantès en el ilustrado, elegante e implacable Conde de Montecristo.

En la gélida penitenciaría de Cómbita estaban recluidos más de un centenar de líderes comunales y campesinos capturados en el departamento de Arauca. El gobierno los sindicaba de pertenecer a las Farc y el ELN. Fue la época de los falsos positivos judiciales. La mayoría de prisioneros recobraron su libertad porque nada debían. Su único “delito” era el de organizarse en juntas comunales y luchar por la paz, el pan y la tierra. Los paras y la Fiscalía, al servicio del gobierno, eran los victimarios. Los campesinos las víctimas. No temían a la guerrilla sino al gobierno.

El pasado fin de semana estuve en Arauca capital, en compañía de dos miembros de la Delegación de Paz que adelanta diálogos con el EMC Farc Ep. Queríamos escuchar las voces de la gente de una bellísima región fronteriza que lleva pintada en la frente, como la cruz de cenizas, el estigma guerrillero, amén de cargar sobre sus hombros una pesada carga. El peso de una violencia ilimitada en el tiempo y extendida en el espacio. La guerra, si puede llamarse así a una matanza irracional entre las agrupaciones que operan en el territorio, es el enemigo público número uno en el departamento del Arauca. Hablen, póngase de acuerdo, dejen de matarse y matarnos, es la voz extendida de una comunidad que quiere cerrar el capítulo de la violencia, armonizar sus vidas y sacar adelante una finca o un simple ventorrillo.

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