Hay momentos que no se pueden digerir. Ni con el paso de las horas, ni con comunicados, ni con alocuciones presidenciales.
Por: Yohir Akerman
El doloroso atentado contra Miguel Uribe Turbay no es un hecho más en la violencia política colombiana. Es una advertencia brutal. Una señal de que el odio incubado durante años, no solo por este Gobierno, alimentado por discursos incendiarios, justificaciones absurdas y silencios cómplices, ya no se queda en redes sociales. Ahora también se dispara.
Un niño de 14 años que jala un gatillo. Un senador en ejercicio, excandidato a la Alcaldía de Bogotá, actual precandidato presidencial, padre de familia, que ahora lucha por su vida. Y un país entero intenta entender cómo llegamos a esto. Pero en el fondo lo sabemos.
Colombia lleva años en un espiral tóxico. Desde todos los sectores se ha normalizado la agresión, pero desde el poder, y especialmente desde este Gobierno, se ha cultivado una narrativa peligrosa: la del enemigo interno, la del opositor como amenaza, la del que piensa distinto como traidor.
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