
No creo en una vida ascética, alejada de los placeres. No creo en santones. La ética calvinista puede funcionar en lo económico, pero tornarse débil y aberrante ante el placer. Tras la fachada de un individuo progre o alternativo existe, como en la saga de Star Wars, un lado oscuro, siniestro, que usa su poder para enriquecerse o pasar por encima de los demás. La máscara de un “empresario de bien” puede ocultar el rostro de un asesino que, al igual que el yuppie de American Psycho, se entrega a la cocaína, la sangre y el alcohol.
El hedonismo domina este periodo existencial. Los efectos devastadores de la pasada pandemia hicieron que el individuo se sometiera al presente sin importarle el futuro. Cuando se te va la olla, derrochas en un fin de semana el salario de un mes. El lunes te levantas con una curda, existencialmente vacío, deprimido y con ganas de lanzarte desde el balcón de la casa. Siempre hay una tarjeta de crédito que te impide quitarte la vida. Vivir al crédito es una alternativa en un mundo que se disuelve en el aire, como diría el autor del Manifiesto. Este es el mundo en que se mueven los operadores políticos. Un mundo asentado en el individualismo, la mediocridad y el conformismo.
El problema, Viejo Topo, es que en estos tiempos los asuntos personales ocupan la mayor parte de la política. Cuando un dirigente político imparte lecciones sobre la lucha contra la corrupción, por ejemplo, debe guardar un comportamiento ejemplar al respecto. La vara con la que se mide a un eremita no es la misma que se aplica a un libertino. Entre más aleccionamientos promuevas entre la gente, más te exigirán sobre los mismos. Fue lo que ocurrió con Iñigo Errejón en España. Pasó de ideólogo de izquierda a incriminado por acoso sexual. Perplejidad. “He llegado al límite de la contradicción entre el personaje y la persona”, escribió en una extemporánea carta de dimisión el portavoz de la agrupación Sumar. Cualquier político de izquierda debe tomarse en serio su vida personal. Tomen nota en Colombia.
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