
Los Estados Unidos y los poderosos de Occidente se durmieron en sus laureles después de la caída del Muro de Berlín. La desaparición de la Unión Soviética produjo una euforia generalizada. Convencidos de la omnipotencia y universalidad de los valores democráticos y la vigencia global de la economía de mercado, los estadounidenses y sus aliados históricos se echaron por las petacas.
Con algo de ingenuidad, a pesar de que muchos analistas lo advirtieron, asumieron que en un mundo unipolar no habría desafíos mayores a su hegemonía. Ejércitos se desmovilizaron; arsenales se desmantelaron; bombas se inutilizaron; bases militares se cerraron; mecanismos de solidaridad económica se suspendieron. Al mismo tiempo, se desató una expansión global del capitalismo que no se veía desde finales del siglo XIX. Todo eso llevó a los estadounidenses a una fase de complacencia geopolítica en la que pensaron que sin necesidad de hacer demasiado esfuerzo el mundo experimentaría una nueva era de “pax americana”.
Las cosas no salieron como se esperaba. Estados Unidos y sus aliados no bien se habían acomodado en sus sillones cuando empezó el desorden. El extremismo islámico, las guerras fallidas, el ascenso de China, las dictaduras en Venezuela y Nicaragua, el debilitamiento de la Alianza Atlántica, el expansionismo ruso con Putin, el surgimiento de nuevos países con capacidad nuclear…. son todas manifestaciones de un mundo radicalmente distinto. Estas erupciones en buena medida sorprendieron a los gringos cuando estaban hasta ahora tratando de tomar un respiro después de sesenta años de imparable confrontación estratégica con los soviéticos.
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