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Gabriel Silva Luján
Puntos de vista

Primero, la Constitución

La madre de todas las luchas revolucionarias de la humanidad es la batalla contra el absolutismo. La primera gran batalla emancipadora, la primera revolución, es en contra de una forma de gobierno en la que el monarca tiene a su disposición la vida, bienes, honra y dignidad de sus vasallos. La arbitrariedad, el abuso de esa autoridad suprema y el atropello a los súbditos inspiró una lucha de siglos donde la reivindicación fundamental era bastante clara y concreta: poner límites al soberano.

El mecanismo propuesto para poner esos límites fue un gran invento intelectual, la CONSTITUCIÓN. El constitucionalismo fue una concepción política cuyo propósito principal fue la lucha por alinderar la autoridad sin límites del monarca y de sus funcionarios. Ese esfuerzo ambicionaba que se adoptase una “ley superior” que estableciera unos principios fundamentales y unos procedimientos con los cuales se comprometería el gobernante.

Un aspecto fascinante de este empeño es que convocó y aglutinó a muchos sectores y grupos sociales que incluso estaban en conflicto por otras razones. Por ejemplo, en 1295 el rey Eduardo I de Inglaterra, por la presión pública, convoca el “Gran Consejo” que incluía a cuarenta y nueve señores feudales, pero también 292 representantes de la comunidad (Joerg Knippath, King vs. Parliament in 17th Century England: From Absolutism to Constitutional Monarchy. 2022). Es el comienzo del camino hacia la construcción de la democracia liberal.

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