
El presidente cuando fue alcalde le dejó a Bogotá un proyecto de metro subterráneo en una etapa muy incipiente. Faltaban los estudios de factibilidad, cierre financiero, compra de predios y varias cosas más. Enrique Peñalosa, cuando asumió su segundo mandato en 2016, decidió no terminar lo heredado y se inclinó por el metro elevado que se está construyendo. Los exalcaldes llevan una década discutiendo qué se debía hacer y ninguno se ha movido un centímetro de su posición. Hoy ese debate es inútil.
Peñalosa logró completar la larga trayectoria que demanda un proyecto al que Bogotá llegó 80 años tarde, Claudia López decidió honrar el contrato y dos de los tres candidatos con mayor opción para ganar el domingo dicen que seguirán el plan de metro elevado. El contrato firmado y los gobiernos elegidos han ido en la dirección contraria al deseo del presidente, pero él no ha podido asumirlo. Su empeño es pasar por encima de todos para imponer su metro.
La discusión hace rato dejó de ser sobre qué tipo de metro es más deseable para una ciudad como Bogotá. Hoy se trata de los costos y riesgos que supone cambiar lo firmado y de tener una postura democrática con la voluntad de una alcaldía y unos votantes que piensan diferente. Y pasó de ser hace rato la defensa férrea de una convicción a ser una obsesión dispuesta a arrasar con lo que haga falta para que sea realidad.
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