
La historia reciente de Estonia, Lituania y Letonia puede ser un ejemplo para corregir los errores de la actual reforma laboral del Gobierno Petro.
Desde la vibrante capital de Estonia, Tallin, escribo esta columna. Aquí, soy testigo directo de la asombrosa transformación económica de una nación que, hace apenas tres décadas, se encontraba al borde del abismo. En aquel entonces, Estonia luchaba contra inflaciones superiores al 200 por ciento anual y una economía insostenible exacerbada por el peso opresivo de haber formado parte de la Unión Soviética. Muchos eran incrédulos, nadie apostaba por su éxito. Sin embargo, Estonia logró desafiar todas las probabilidades y forjar un camino hacia la prosperidad que asombraría a los más escépticos.
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