
Con un arsenal de distracciones y pretextos leguleyos el gerente de la licorera de Cundinamarca, Jorge Enrique Camacho, intentó explicar en Blu Radio por qué el departamento decidió quitarle la licencia de comercialización al Aguardiente Amarillo de Manzanares de la licorera de Caldas, cuatro años después de haberla otorgado. Sin el coraje para ponerle a la decisión el nombre que tiene, el gerente se recostó en la oficina de rentas del departamento diciendo que “tocará preguntarles a ellos por qué revocaron la licencia. Todos tienen que cumplir la ley”.
La realidad es que los fabricantes de Néctar decidieron cerrarle la puerta en la cara al competidor que puede amenazar su segunda posición en el share del mercado de aguardiente. La licorera de Caldas en 2021 decidió renovar el diseño de la botella y el mensaje comercial de un aguardiente que se destila en el departamento desde 1885. La respuesta del público fue explosiva. El aguardiente amarillo de 24 por ciento de alcohol es un éxito comercial.
Esta disputa entre dos departamentos, por ganarse el favor de los consumidores de aguardiente, nos recordó que nuestro capitalismo todavía palpita con el monopolio rentístico departamental del alcohol heredado de la colonia. Aquella discreción que se arrogaba la corona sobrevivió el siglo XIX. Tomás Cipriano de Mosquera, en su primera presidencia en 1850, logró acabar el monopolio estatal del tabaco. Esa decisión provocó importantes inversiones privadas en nuevos cultivos que aumentaron en más de 300 por ciento las exportaciónes de tabaco, como lo cuenta Salomón Kalmanovitz en su libro Nueva historia económica de Colombia. Quitarle al Estado esa atribución trajo más trabajo, rentas e impuestos.
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