
El 22 de marzo de 2017 el entonces alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, inauguró la obra del deprimido de la calle 94, el interconector con más conexiones de la ciudad, que se tramitó en el proyecto de valorización de 2005 y se terminó doce años después. Ese día, Peñalosa en nombre de la alcaldía, le pidió perdón a los bogotanos “por todas las incomodidades, por los retrasos que hubo, por los sobrecostos. Eso no puede pasar”. La obra costó 3,6 veces más de lo presupuestado y le trajo una década muy complicada a los propietarios de la zona.
La construcción en el año 72 d.C. del Coliseo Romano, ordenada por el emperador Vespasiano, tomó ocho años. Con dos milenios menos de conocimiento y tecnología, los romanos construyeron más rápido uno de los hitos de la arquitectura antigua que Bogotá un simple deprimido. Creo que es un buen dato para dimensionar el homenaje a la ineptitud que fue esa obra que pasó por las manos de varias alcaldías.
Décadas de multas, atrasos y quejas de la gente no han logrado que la construcción de obra pública en Bogotá no siga siendo un sistema de abuso y saqueo a los ciudadanos. La cadena de errores y omisiones, que tiene el sello de varios nombres y partidos, convirtieron a Bogotá en la ciudad más congestionada del planeta. Alcaldías y concejales crearon un régimen tributario y de licitación en el que siempre ganan los políticos y contratistas y nunca el ciudadano. Mientras en China hacen megapuentes en seis meses, acá nos toma siete años arreglar un andén.
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