
Hacer del castrochavismo una caricatura y ponerle el sombrero de comunista a todo tipo de crítico con el uribismo provocó que no pudiera ser tomada en serio la histórica relación y afinidad ideológica de parte del actual Gobierno con los gobiernos de Cuba y Venezuela. Este juego de palabras que inventó Uribe electoralmente tuvo uno vida útil para el Centro Democrático, pero por su abuso y uso maniqueo perdió credibilidad entre la ciudadanía.
El castrochavismo quedó reducido a un arma de manipulación para debilitar las posibilidades de cualquier proyecto que amenazara la posición del uribismo como el eje del poder político en Colombia. Era un reflejo irreflexivo.
Que eso sea cierto no es un argumento para negar que Gustavo Petro, Francia Márquez, Piedad Córdoba, Iván Cepeda y otros miembros muy importantes del Pacto Histórico, sean dóciles y complacientes con el terror estatal y la miseria que desde hace décadas provocaron las ideas de Fidel Castro y Hugo Chávez en sus países. A algunos les parecerá que es un “fantasma de la ultraderecha”, pero es una discusión que está en Colombia más vigente que nunca y que se debe renovar e imponer con la seriedad que corresponde. Sin la superficialidad del gastado castrochavismo.
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