
Un hurto con intento de homicidio no mereció la atención de la Fiscalía, quien recurrió a una excusa clásica procesal para archivar el caso. Una muestra de que denunciar es una palabra estéril esgrimida por la policía.
Por: Luis Alberto Arango
En una tarde bogotana, Sergio atravesaba la ciudad en su motopatineta eléctrica, recorriendo un camino habitual que pasaba rápido bajo las ruedas. Eran las 4 p.m. de un miércoles cualquiera del pasado febrero, cuando su ruta habitual lo llevó al puente peatonal de la calle 116 con avenida Boyacá en Bogotá. Un corredor usualmente anónimo entre el bullicio de la capital colombiana.
Sin embargo, aquel día, el puente no fue paso sino trampa. Tres figuras emergieron montadas en bicicletas que pronto se convirtieron en barricadas de acero. Con la rapidez de un parpadeo, la intuición gritó dentro de Sergio: estaba acorralado, la libertad le fue arrebatada en un instante. La mirada fiera y calculadora de los asaltantes presagiaba lo inevitable.
Sergio, en un acto instintivo de supervivencia, soltó su motopatineta, elevando las manos en señal de rendición, su voz temblorosa concediendo el botín sin condición. "Llévense lo que quieran", al tiempo que suplicaba con sus ojos. Pero la codicia no se sacia con facilidad; uno de ellos, cuya voz retumbó como un trueno exigiendo más, reclamaba su celular.
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