
El derecho a la protesta es un tema álgido, como nos lo recordó el pasado paro camionero. El propósito de esta columna es entender un poco más qué hay detrás de las protestas desde un punto de vista teórico, para tener conversaciones constructivas al respecto.
Si no incomodo, no me paran bolas, pero si incomodo, afecto a otros y corro el riesgo de perder su apoyo. Este es el llamado dilema del activista al que se enfrentan quienes protestan. El dilema radica en que las tácticas extremas son una especie de espada de doble filo: por un lado, logran captar la atención necesaria para posicionarse en el debate público; por otro, generan rechazo entre quienes, aunque pudieran estar de acuerdo con los objetivos, no aprueban los métodos empleados. ¿Hasta qué punto es justificable afectar a otros para obtener visibilidad?
No todas las protestas son iguales ni buscan lo mismo. Eric Shuman, de la Universidad de Harvard, explica que las protestas pueden variar en objetivo, audiencia y el tipo de cambio que buscan. Por ejemplo, las protestas normativas y pacíficas —aquellas que siguen las leyes y normas sociales— son más efectivas para movilizar a simpatizantes. En cambio, las protestas disruptivas, como los bloqueos de carreteras, generan rechazo, pero pueden presionar a las autoridades para negociar.
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