
El título de esta columna es intencionalmente provocador. En Colombia la profesión política está desprestigiada y se asocia con corrupción. Cuando se habla de políticos profesionales se vienen a la mente nombres como Samuel Moreno o el Ñoño Elías. Pero político corrupto no es sinónimo de político profesional. Y, de hecho, los políticos profesionales son deseables en una democracia, pero lastimosamente están en vía de extinción.
Cuando hablo de políticos profesionales en esta ocasión me refiero a legisladores con experiencia. Son los Nancy Pelosi en Estados Unidos, o los David Luna y Angélica Lozano en Colombia. Son personas serias que ven la política a largo plazo, no como un medio para beneficios personales, sino como un medio para promover mejoras y cambios sociales. Como en una profesión como cualquier otra, los políticos profesionales consideran la política una carrera en la que deben trabajar para ascender, ya sea dentro de su partido o en cargos de elección popular.
Los políticos profesionales son importantes para la democracia por varias razones. Primero, tienen incentivos para preservar y fortalecer las reglas democráticas. Quieren ser reelegidos, por lo que buscan crear instituciones sólidas que se los permitan, como leyes que aseguren elecciones libres y justas. Segundo, desarrollan habilidades democráticas que les ayudan a crear mejores políticas públicas, como la capacidad de negociar y llegar a acuerdos. Un ejemplo de lo contrario son las reformas del Gobierno Petro, que se han estancado por falta de habilidades para negociar y llegar a compromisos. Tercero, y quizás más importante, los políticos profesionales refuerzan los sistemas de pesos y contrapesos; ese control mutuo entre las ramas legislativa, ejecutiva y judicial. Un político profesional, en últimas, fortalece la rama legislativa. Esto hace más difícil que el ejecutivo tome decisiones por encima de ella, algo que es especialmente importante en países donde el presidente tiene mucho poder, como Colombia.
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