Ir al contenido principal
Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

Montársela a María Corina

Hay que ser justos: lo que más distingue a Gustavo Petro no es su críptica ideología sino su transparencia emocional. El presidente de Colombia no puede ocultar lo que siente. No disimula ni un poquito su fastidio: todo lo que se sale de su control y de la extraña lógica de su discurso, lo rechaza sin asco. El Nobel de Paz para María Corina Machado fue una de esas noticias que no pudo procesar. Durante horas estuvimos pendientes de su reacción, que -por algún motivo-  se tardó mucho más de lo que tardaron otros presidentes del mundo.  Lo celebró a medias y con desgano; lo señaló mal y lo escribió peor. En su intento por sonar ecuánime terminó revelando lo contrario: la dificultad  invencible de reconocer en otro —y peor aún, en otra— la legitimidad que a él mismo se le escapó -como agua entre los dedos- frente a los temas de la democracia y paz.

Su mensaje en X fue desconcertante y revelador: felicitó a María Corina junto a Wangari Maathai, otra ganadora del Nobel pero en el año 2004 y que murió en 2011. Pudo haber sido otro error de tantos que ha divulgado en su cuenta, sí, pero es  sobre todo un gesto simbólico. Una falsa cortesía llevada de cabestro que en este caso terminó siendo pura hostilidad. En vez de reconocer el peso político del premio —una mujer que resistió al chavismo y logró convertir la exclusión en símbolo, perseguida por Maduro, un narco dictador que se robó las elecciones—, el presidente prefirió diluir esa importancia política del premio entre los fantasmas disfrazados de recuerdo de una profesora keniana, valorada por su significado en África, pero que tiene poco  o nada que ver con lo que pasa hoy en el mundo y  particularmente en América Latina.  

Montársela a María Corina se ha vuelto para Petro una necesidad emocional. Ahora que ella tiene Nobel intenta corregirla  y desafiarla desde su púlpito digital. Pero a  esta altura, el contraste entre los dos es muy profundo: mientras ella encarna una oposición que enfrenta desde el riesgo  a un poder corrupto, criminal y vicioso, él parece cada vez más cómodo en una retórica confusa.  Petro le escribe a María Corina insinuando que su premio no fue merecido -sacando la conversación del eje de Venezuela para llevarla al medio Oriente- cuestionándola sobre su relación con Estados  Unidos e Israel, y             claro, mirando para otro lado si se trata de referirse a los crímenes del dictador. Nada de referencias a los delitos  de los chavistas y ninguna mención a los 38 colombianos detenidos por el régimen de Maduro y cuya situación no ha sido aclarada ni por Colombia ni por Venezuela.

La política exterior de Petro se parece a su cuenta de X: impulsiva, autoindulgente, muchas veces sin rumbo claro y casi siempre impredecible. Un día sermonea a Estados Unidos, China o Europa por su hipocresía ambiental, al siguiente escupe a Israel; se queja amargamente  por la descertificación en la lucha contra el narcotráfico por no cumplir ni sus propias metas y llama desde las calles de Nueva York a los soldados de Estados Unidos para que desobedezcan a Trump y entonces  le quitan la visa; y propone a conformar un ejército para luchar contra Israel y a las pocas horas          -movilizados por los contradictores que él mismo creó-   firman la paz en Gaza. Y se queja de nuevo porque los Estados Unidos e Israel no lo invitan a la firma de la paz en el medio Oriente. Y entre tanto, comenta la crisis de la democracia venezolana como si fuera un espectador iluminado. Lo internacional se volvió para él un reflejo de parque de diversiones: mientras más lo mira, menos se reconoce. En ese espacio frenético, el presidente se volvió su propio canciller, su propio vocero, pero lo peor, su propio público.

Es irónico que Petro, que no puede leer con precisión el mapa y termina desubicado, pretenda ahora calibrarle la brújula de sus vecinos. María Corina, claramente, no necesita que Petro la ilumine, la avale o la cuestione: ya está por encima de eso, incluso antes del premio Nobel. Su liderazgo ha conseguido algo que el de Petro no logró: en un contexto de miedo, movilizar esperanza sobre la base de la  necesidad de recuperar la democracia perdida. Si en Caracas hay una pugna por  la libertad entre el dictador y la gente de bien, en Bogotá hay una pugna por el relato. Y Petro retrocede en ambas, especialmente en su argumentación contra la premio Nobel.

Lo de Petro montándosela a María Corina no es una confrontación real: es catarsis y proyección. Esa mujer, María Corina,  encarna justamente la oposición política que él soñó con ser: desafiante, audaz, imaginativa, incómoda, inconforme, relevante y trascendente.  Eso sí, con una gran diferencia: ella no ha tenido todavía la oportunidad de traicionarse en el poder, y él ya lo hizo. En el fondo, su disputa con María Corina no es ideológica: es existencial.

Las imágenes de los israelíes celebrando el regreso de los rehenes, de los palestinos volviendo a sus tierras y de Trump recibido como un héroe pacificador en Medio Oriente deben ser una pesadilla para Petro, quien le apostó a otra cosa, que no se entiende y no funciona.  Por lo tanto, montársela a María Corina por lo que pasa en Gaza no lo hace más influyente; simplemente más predecible. En ese tipo de actitudes sí ha sido coherente.  

Maduro, como era de esperarse, apareció insultando a María Corina, llamándola “bruja demoníaca”. Si de verdad el presidente Petro quisiera ayudar a Venezuela, podría empezar por no parecerse tanto a quienes la gobiernan.

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir en redes sociales