
Mientras muchas grandes empresas celebran sus avances en sostenibilidad, los proveedores pequeños cargan con las exigencias y los costos.
Hace poco estuve en la oficina de un pequeño proveedor. Un espacio modesto, con escritorios apretados y papeles organizados como se puede, no como se quiere. Allí, el dueño —un empresario honesto, trabajador y agotado— me mostraba una carpeta llena de requisitos que una gran empresa colombiana le había pedido para poder seguir siendo su proveedor. Nuevas certificaciones, ajustes operativos, auditorías externas, protocolos actualizados y un informe de sostenibilidad que él mismo no sabía bien cómo diligenciar.
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